Mi ático lunar abandonado: Pérdidas y hallazgos

viernes, 3 de mayo de 2013

Pérdidas y hallazgos

Y se fue, con la mirada bien alta, dejándolo de nuevo con la palabra en la boca, en esta ocasión por última vez. Él lo había estropeado todo. Tiró el ramo de rosas a la basura. Debió haberlo supuesto, el daño que había hecho era irreparable. Se sentó en un banco y observó la gente a su alrededor. Todos demasiado ocupados para ser conscientes de lo que estaba sucediendo. Y allí se quedó, sentado durante horas, pensando, recordando...La reacción natural hubiese sido luchar algo más por ella. Pero él no era un hombre cualquiera, había tenido la posibilidad de estar con esa joven, que ahora se escapaba de entre sus manos camino a la taquilla de la estación; y eso lo había cambiado todo. En su  paso por su vida, entendió que ella era increíble. 

Pero lo entendió demasiado tarde, justo en el momento en que la perdía. Sin embargo se había dado cuenta también, de que habiendo hecho lo que hizo, no era merecedor de volver a tocarla, ni mucho menos de tratar de robarle una de sus maravillosas sonrisas. No, ahora sólo le quedaba olvidar, y pasar página. Era lo suficientemente hombre como para comprender lo mediocre que había sido; la grandeza había pasado a su lado y él, no contento con no darse cuenta de lo que tenía enfrente, había hecho añicos su corazón, destruyéndolo como una obra de arte al fuego de una chimenea en invierno, ahogándola entre el humo de su ineptitud, convirtiendo en cenizas las alas de aquel ángel.

Y sin embargo aquel ángel, como el ave fénix, se recompuso y echaba ahora el vuelo más segura que nunca, pese a que aún le temblasen las alas. Al ver como ella después de todo seguía en pie, firme y confiada, fue consciente de que era el momento de abandonar. Por suerte ella era fuerte y superó lo ocurrido, al menos así él no tendría que cargar con la culpa de haberle robado esa flor al mundo. Sólo sufriría porque perdió el derecho de contemplarla, porque esa flor era su flor y ahora volaba, lejos, libre al fin de un patán como él. De alguien que no apreció lo que tenía.

Las lágrimas recorrían sus mejillas anhelantes de un consuelo que nunca llegó. Un consuelo que él no merecía. Y ella subió a un tren, rumbo a ninguna parte, en busca de un pozo profundo donde sumergir sus recuerdos, donde limpiar su memoria de los errores del pasado. Y sería en ese profundo manantial donde la esperaba el hombre que, pese a todos sus defectos, la hizo feliz por siempre jamás.

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