Mi ático lunar abandonado: Cada noche

domingo, 1 de febrero de 2015

Cada noche

Hace frío en las calles de Madrid, aunque podría hacer más. Es un frío de guantes, bufanda y abrigo bien abrochado. No es un frío de camiseta térmica, al menos para la mayoría. Es un frío que apenas notamos. Esa clase de frío que para nosotros se acaba con un chocolate caliente, una molesta sensación que nunca pasa el umbral de casa. Hace frío, pero nosotros apenas nos damos cuenta.

-¿Cuántos hacemos esta noche?
-No sé, ¿veinte? La última vez sobraron, pero nunca se sabe.
-¿Y ropa tenemos?
-Sí, algo hay. En la bolsa grande, en la entrada; creo que hay al menos un par de abrigos viejos, y también tenemos un saco de dormir.
-Bueno, algo tenemos.
-Sí, algo tenemos.

Recorren las calles de la ciudad, lo hacen sin hacer ruido, sin colgarse medallas. Son grupos pequeños, de gente de verdad. Tal vez su labor no sea cambiar las cosas, pero no esperan que nadie más lo haga. Caminan juntos, cada noche, acompañados por sus pasos, en busca del calor.  
Acuden puntualmente a su cita, cada semana. Su labor es ver a los que nadie ve, ver a aquellos que incluso dejaron de verse a sí mismos. Llevan bocatas, caldo caliente, una pieza de fruta y algo de ropa. Pero más que eso se llevan ellos, a conocer las caras del frío, a compartirlo, a dar calor,  a avivar el fuego.

La cálida mirada derrite el hielo de las lágrimas de una tristeza que nadie merece; la conversación, la compañía. Un par de chistes, algún silencio incómodo, preocuparse por una tos que no tiene buena pinta, un abrazo que te llena de pulgas. Así combaten el frío. Cara a cara, corazón a corazón. Saben que no cambian nada, saben que lo cambian todo.

Hace frío en las calles de Madrid, aunque podría hacer más.

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