<<Siempre quiso
ser escritor, pero nadie le enseñó a escribir>>
No tenía muy claro por qué lloraba, pero lloraba. Lloraba
como no había llorado en todo aquel año,
la frustración fluía desde sus ojos irritados, siguiendo la curva de sus
mejillas, deteniéndose en sus labios, allí donde esperaba su grito. El grito de
su ser entero, desgarrador, inaudible, pero real, alivio momentáneo de sus
penas. Grito de un alma aventurera que bien pudiera ser la protagonista de
alguno de sus intentos de novela.
Así era, todo habían sido preliminares, nada estaba contado.
Sólo un montón de ideas entrelazadas, olvidadas en un cajón de la mente del
perezoso escritor frustrado. Era algo así como una paradoja: él condenaba a los
personajes de sus inacabados libros a la existencia sin argumentos, a las páginas
en blanco, a la incertidumbre destructora; pero si lo hacía era sólo porque él
mismo carecía de historia, de drama, de ilusión y de aventura.
El alma enferma
engendra almas enfermas buscando curar su mal, sin saber que al escribir sus
nombres en su mente, ya los condena a una existencia de la que siempre será
responsable, y que en sus manos está el
hacer de ésta una aventura digna de ser vivida por aquellos a los que decidió
dar vida: sus personajes.
[continuará...]
Impresionante!
ResponderEliminar¡Muchísimas gracias por comentar! Me alegro de que te guste, espero seguir mejorando en cada entrada. Un saludo.
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