Mi ático lunar abandonado: Cartas
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domingo, 8 de febrero de 2015

Abrazos

[...]

Creo que lo ideal hubiera sido ir a verte; lo ideal sería haberte dado un abrazo. Creo que los abrazos son un buen invento, ¿qué sería de la amistad sin ellos? 

Y sin embargo, hoy ni siquiera he hecho un ademán disimulado, una mísera intención de romper mi rutina y pasar por tu casa para verte. Y, ¡qué mal! Pues poco a poco he comprendido que hay cosas en la vida (demasiadas) que dependen del valor que nosotros les demos. Y el cumpleaños de un amigo es una de esas. Pero, a pesar de mi dejadez imprudente, me he lanzado a escribirte; tratando de dar valor a lo que en el fondo sé valioso. Con la esperanza de, tal vez, alegrarte; darte esa paz que solo los silencios dan a la vida; sorprenderte.

Me gustaría darte un abrazo de esos que lo dejan todo dicho, aunque nunca dicen nada. Un abrazo de niño, que rodea con sus manitas apretando fuerte y que corona con la cabeza, apoyada en el otro. ¿No es eso la vida: el paso del tiempo en un abrazar más o menos fuerte a la existencia? No lo sé, probablemente no. Pero si así fuera, me gustaría darte un abrazo de esos. Un abrazo de los que tantas veces quiero dar y no me atrevo.

Pues no somos ya niños, y solo los niños son valientes de verdad. Por eso hay que esperar a fechas como la de hoy para decir esas palabras que ya no dicen ni los abrazos. Hemos relegado la amistad a pequeños momentos, y ni siquiera recordamos las fechas fijadas. Ni siquiera he pasado por tu casa a saludarte. Pero quería escribirte y pedirte perdón; quería agradecerte y abrazarte fuerte con esta humilde carta. Y me da la sensación de que no he sabido. 

Ya no esperamos esa clase de abrazos casi en ninguna ocasión, por eso tampoco sabemos darlos; hemos olvidado esas palabras. 

Y pese a todo aún queda en nosotros algo de ese niño y su valor. 

Quería agradecerte, en especial, no dejar que el niño muera. Gracias de verdad.

 [...] 

viernes, 24 de octubre de 2014

¡Un verdadero valiente, padre!

[...] Y te decía padre, que he tenido una gran suerte. Pues este joven del que te hablo, el singular valiente, es amigo mío. 
No es amigo como aquellos que me definiste un día, en una de nuestras charlas en el monte Abantos, cuando me dijiste que Amigo es una palabra que se escribe a tinta y con mayúsculas, una palabra que no debe usarse a la ligera. No, en verdad no quiero soñar con pretender tal honor. Pero sí me atrevería a decir que profesamos el uno por el otro un aprecio y respeto mutuo. Y eso padre, teniendo en cuenta las hazañas de este joven, me hace ver que, en verdad, soy afortunado.

Como te decía, se trata de un valiente. ¡Un verdadero valiente, padre! ¡En estos tiempos resulta tan fascinante dar con uno! Defiende sus ideas con tal pasión, con un brillo en la mirada, que  a mi me gusta pensar refleja el fuego interno donde nacen sus fuertes ideales. Y cómo debe arder ese fuego padre, pues su mirada es sincera y coherente. Allá donde va, sin amedrentarse, se presenta tal y como es. 
Defendiendo sus argumentos sin que le tiemble la voz ante multitudes enfurecidas, o bien dialogando calmadamente en ambientes donde se respira un mayor respeto, deja clara la fuerza de sus convicciones, nunca se acobarda. Pero padre, y esto es lo que más me impresiona, los defiende cada día, en el silencioso ejemplo, en su actuar cotidiano. Es decir padre, que este joven en verdad vive como piensa, y, y esto es sin duda lo mejor ¡siente lo que vive! [...]