Mi ático lunar abandonado: Relatos
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viernes, 27 de febrero de 2015

Temblores

El sitio era caro, pero acogedor; tenía toques de pub irlandés, como esos que salen en las series de televisión que nos ayudan a pasar los tiempos muertos con alguna risa enlatada. Pero eso no era suficiente para hacernos olvidar que seguíamos en una calle perdida de Madrid en un bar desconocido y bastante caro; y es que Madrid nunca sale en esa clase de series.

Por aquel entonces yo no bebía, así que gasté más de tres euros en un refresco azucarado, sin gas por supuesto, que no sació mi sed; claro que, por otra parte, tampoco esperaba que lo hiciese. A veces los refrescos sólo están para darnos algo que hacer cuando la conversación decae, como si con ese sorbo diésemos una explicación al hecho de que nadie hable, tranquilizando al pequeño neurótico que todos llevamos dentro. Nuestra generación nunca ha aprendido a convivir con el silencio.

Miradas que no dicen nada, abrazos que se desvanecen. Un amigo lo pasa mal y no sabes cómo ayudarle.  No buscamos en los ojos del otro porque tenemos miedo a vernos a nosotros mismos; decimos que no tenemos máscaras, pero lo que no tenemos es rostro. No somos más que fantasmas histéricos que tiemblan cuando se apaga la risa.

La magia estuvo bien: varios efectos que no conocía y que me dejaron con la boca abierta, algunos chistes graciosos, otros menos afortunados, momentos dulces, momentos insípidos... Yo estaba allí con mis amigos, siempre cerca, siempre lejos; me cayó muy bien el segundo artista, me dio la sensación de que teníamos mucho en común.

Fuera hacía frío y volver a casa me resultó agotador. Tardé en dormirme, tardé en despertar. 

Estamos perdidos y cada vez más solos. Esta mañana no encontraba el móvil en casa y, en el bus, no he tenido más remedio que mirar a mi alrededor. He visto muchos de esos que se llaman adultos, sus vidas están llenas de risas enlatadas, y normalmente tienen un guión pésimo. Luego he encontrado el móvil, resulta que estaba en otro bolsillo; lo he encendido y he dejado de temblar.

domingo, 15 de febrero de 2015

'Le doy mi palabra'

Eso fue lo que dijo el joven a ese vagabundo moribundo, de tez oscura y barba larga y sucia. Se habían encontrado por casualidad, como suceden las mejores cosas en la vida; ese tipo de casualidad que no existe en las novelas. Él iba con su bici, de camino a casa, volvía con el pan recién hecho en la cesta y una sonrisa propia de la gente feliz, una sonrisa que echas de menos cuando no está; y como siempre, tomó un atajo por entre las calles del puerto. Eran cerca de las dos y el hambre le acompañaba desde primera hora de la mañana. De hecho, ya había dado buena cuenta del pan que llevaba a su pequeña casa cuando se topó con el viejo Matthew, encogido como un ovillo feo y lloroso.

Fue al entrar en el estrecho paso entre la Calle del Báltico y el Viejo Mercado. Era el tramo más oscuro de su camino, olía a orina y a pescado podrido; es decir, olía más que el resto del barrio. El Puerto era la zona más pobre de la ciudad, y también la más peligrosa. Pero no nos equivoquemos, no es que fuese peligrosa por la pobreza; si no que lo era más bien por la desesperanza. El aroma del miedo y la angustia que alimentaba los pulmones de sus habitantes, esa era la causa del peligro.

Primero no reparó en él, Matthew llevaba tanto tiempo en las calles que había pasado a ser un elemento más; había adquirido cierto mimetismo con su entorno. Era una especie de camaleón de un solo color; el color de la muerte. Su rueda delantera tropezó con una de sus botas, y entonces el joven oyó por primera vez el frágil gemido de aquel pobre hombre. Asustado y en tensión, dejó la bici a un lado y se acercó al manojo de ropa húmeda que se moría. Le palpó la frente sin que el otro pareciese darse cuenta de su presencia; sus ojos apenas abiertos daban vueltas erráticas. El sudor le empapó la mano y un escalofrío le recorrió el cuerpo: aquel hombre estaba gravemente enfermo. Fue entonces cuando le dijo: 'Voy a buscar ayuda. Le doy mi palabra'.

En ese momento Matthew se estremeció y recobró su cordura. Le agarró por el cuello de la camisa, y acercó la cara del joven a la suya, empapándole del aliento putrefacto de una vida que se muere. Con voz grave y rota, mirando a sus ojos le dijo: 'No quiero tu palabra muchacho. No. Esas cosas ya no tienen valor. Allá donde he ido he visto grandes hombres prometer grandes cosas; pero no eran grandes, ni tampoco lo eran sus palabras. El honor ha muerto, las palabras han perdido su significado. Demasiado se habla en estos días, y pocos saben lo que dicen. No me des tu palabra chiquillo, yo solo quiero que me salves la vida'. Tosió y convulsionó. Y el joven salió corriendo, pidiendo auxilio mientras Matthew se moría.

Murió aquella noche en el hospital, de la mano de ese joven, que lloró amargamente. Entonces no lo sabía, pero ese encuentro y aquellas palabras le acompañarían el resto de su vida.

sábado, 14 de febrero de 2015

Necedades

Cae la tierra sobre la tumba y la gente se marcha. 

Siempre supe que todos íbamos a morir, pero nunca imaginé que cada uno de nosotros, con nuestros nombres y apellidos, nos apagaríamos, pasando a formar parte de esas líneas torcidas que nunca serán escritas en el libro del olvido.

No es un día de lluvia. 'Por suerte los tópicos también mueren con el tiempo'. Hace sol, como el día en que me enteré de la noticia. Un sol suave, que acaricia a la vida a lo lejos; con la delicadeza con la que una madre acaricia a su hijo, la justa presión para que no se mezclen emociones. Porque el amor no es pasión, y el odio no es indiferencia. Las manos de una madre saben eso, el sol sin embargo, no sabe nada; pero la naturaleza es sabia sin serlo, y sus caricias son suaves.

Les he visto llorar a todos, pero yo no he llorado. Nunca hago las cosas a derechas. Ni siquiera sé llorar cuando se debe. He visto los trajes negros y no he podido evitar cuestionarme esa costumbre social absurda una vez más; en vez de dejarme cautivar por el respeto que intentaban transmitir.  El ataúd ostentoso, la corona de flores: 'tristemente algunos tópicos nunca mueren' eso fue lo que pensé.

Soy un necio. Nunca entendí nada. Nunca imaginé que tal vez detrás de esas costumbres aparentemente estúpidas se esconden verdaderos sentimientos que la mayoría de la gente no se atreve a manejar sola; que la cultura es el refugio de los cobardes y que los valientes somos unos locos inadaptados. 

Que por querer sentir 
despreciamos al que siente; 
que por querer vivir 
saltamos desde los puentes.

Ahora que al fin he muerto me siento vivo. Pero sigo llorando a destiempo, y ahora nunca sabré por qué.

domingo, 25 de enero de 2015

Una casa con chimenea

Algunos libros decoraban las estanterías de la sala. Eran de esos tomos grandes y bonitos que protegen las viejas historias y los antiguos saberes, y que casi nadie lee. Aunque según me dijeron, el padre a veces los ojeaba cuando subía allí; al lado de la chimenea. Era raro encontrar una casa con chimenea en aquel tiempo, y en esa casa sabían aprovecharla. También una de las hijas solía subir allí, a ver bailar al fuego, y así, acurrucada, leía o estudiaba, o a veces solo pensaba, debajo de una manta. Muchas veces vi cómo utilizaban las llamas para fundir nubes de chuche y prepararlas con chocolate y galletas. 

Y es que la verdad, íbamos mucho por allí. Eran todos unos perfectos anfitriones, no te podías sentir incómodo en aquella casa. Aquel día seríamos unos diez. Recuerdo el frío de fuera, y aquel atasco interminable. Recuerdo que estaba agotado. Todos estábamos un poco cansados; pero yo había tenido un día especialmente largo. Ahora pienso en ese día y sonrío; veo las caras de mis amigos y al cumpleañero apagando las velas de mi tarta favorita.

Sin saber muy bien por qué, supongo de lo cansado que estaba, esa noche no paré de hablar. Intenté, como tantas otras veces, contar una historia; pero estaba tan cansado que no se me ocurría nada bueno, así que conté un poco de lo que me había pasado ese fin de semana. Pero, ¡estaba tan contento! ¡Tan feliz en ese rinconcito! rodeado de gente buena; y especialmente de estar hablando y riendo con esas dos personitas... Tenía que merecer la pena. Tenía que improvisar un poco. Si no al final, la vida es un rollo.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Más historias de amistad

En esa cocina blanca, tras la larga conversación, recogíamos los restos de una buena cena, agotados, con algo de frío, pero felices. Y felices por muchas cosas, pero sobre todo por sentirnos a salvo, allí, lejos de todo y cerca del fuego, de ese fuego que nace del encuentro y que a veces peligra en la tediosa rutina, aparentemente interminable, aparentemente impersonal. En ese momento él me dijo:
-Me gusta hablar contigo, me hace pensar.
Le miré, algo ruborizado, algo melancólico. Le miré y sonreí como suelo hacerlo, con la sonrisa triste en mis labios cansados. 'Te mereces todo lo bueno Jaime Morales' pensé de nuevo.
-A mi también me gusta hablar contigo Jaime, de verdad.
-¿Y te hace pensar?
-No.-contesté sincero.-Más bien me pone un poco triste. Pero me gusta, me hace recordar.

***

En aquel pasadizo, en lo profundo de la montaña. Emocionados, fríos y algo asustados, medimos cada paso entre las piedras, pendientes de no tropezarnos.
-¡Es una pasada Dani!-grito hacia atrás con la linterna en la mano y los zapatos sucios por el barro.
-¡Y qué lo digas!-oigo que me responde-¡No se ve nada!
Sonrío y sigo adelante, con cuidado de no resbalar. En ese momento no pienso, o intento no hacerlo. Simplemente avanzo, con la capucha puesta, por ese túnel secreto.Vivir el momento. Vivir la aventura. Disfrutar.

***

-Gracias por todo, ha sido una pasada. De verdad.-me dijo Iber en el abrazo de despedida el domingo.
-Gracias a ti.-y lo dije como siempre intento, desde el corazón. Pensé entonces en lo fantástico que había sido todo. Pensé en la suerte de que hubiera venido. '¡Qué ganas de conocerte más!' eso pensé. Recuerdo que sonreí.

***

Los tres bajamos por el pueblo, es de noche y ahora, ya de regreso, vamos por la alameda, con las manos en los bolsillos y los abrigos bien abrochados.
-Es una pena que sean tan pocos días-nos dice Pablo a Jose y a mí.
-Sí, pero es difícil sacar más con tanto examen y tanta historia-responde Jose.
-Sí, bueno. Pero aún así es una pasada. Por cierto Pablo, ¿qué tal va este curso? ¿mejor?
Él responde que sí y eso me alegra. Espero que siga así la cosa, al pobre le dieron mucha caña el año pasado.
La noche es fría y las tiendas ya están cerradas. Volvemos andando en un cielo nublado, que aún así nos deja ver alguna estrella. Hablamos de esto y lo otro, reímos y gastamos bromas sobre la peli.

***

-¡Muy buenas!-me dice Ina en el bullicio de la ciudad.
-¡Eii!-le contesto con un abrazo.-¿Qué tal?
-Muy contento, bueno, he ido a la uni un poco por ir, apenas he tenido clases hoy. Pero un chico me ha estado hablando de Sigüenza, dice que hay que ir al pinar.
-¡Qué ganas de finde!
-Y que lo digas macho. ¡Mira, ahí viene Jaime!
***

Fue un buen fin de semana. Lleno de risas, de guitarra, de música y juegos, de buenas conversaciones y algunas fotos. Fue un buen fin de semana, lleno de paz y amistad. Solo decir una vez más lo que hablé con Dani en el tren, ya de vuelta, mientras Jose dormía: 'Estoy rodeado de gente magnífica'.

Gracias.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Fuegos artificiales

Era ya de noche, tras una agradable tarde con mis abuelos, salimos al jardín a contemplar el final de las fiestas, acontecimiento sencillo pero grandioso, consistente en unos cinco minutos de luces voladoras, en apariencia mágica.

Según se aproximaba la medianoche de aquel día de agosto, fue llegando más familia a la casa: tíos, primos y algún conocido. La mayoría llegaban con la alegría edulcorada propia de las fiestas de un pueblo, no borrachos, pero si bebiendo. Recuerdo la queja amistosa de mi tío Gonzalo: "¿Es que bebéis siempre?" completamente ignorada, excepto tal vez por mí. Lo cierto es que me hizo gracia ese comentario, pues yo estaba pensando algo parecido. Tal vez por eso, mientras contemplaba los fuegos artificiales y me dejaba embriagar por su mágico efecto, me sentí especialmente cómodo a su lado. Tal vez.

Uno tras otro, se fueron sucediendo los encantamientos de la pólvora, sucitando en nosotros y en el gentío del Paseo de las Cruces un asombro dulce, casi infantil. Mientras veía desaparecer grandes palmeras de luz, pensaba un poco en todo. En mi familia, en mis amigos, en ese pueblo, en las historias que ahora contemplaban ese fenómeno pirotécnico, olvidando un poco y sintiendo un poco más. Sobre todo pensaba en mi familia. 

Recuerdo ahora, como entonces, viejos momentos con mis primos, jugando en aquel jardín, pasando las horas mientras soñábamos con ser protagonistas de historias brillantes, de cuentos jamás escritos...Recuerdo cuando juntos comprendíamos la magia. Pero ya hace mucho que no jugamos juntos. La magia ya es sólo pólvora que se evapora en el cielo y apenas dura un suspiro.

martes, 6 de mayo de 2014

Historias de amistad

-¡Corre! Ahora no miran- Me dice Martín  al oído entre todo el ruido de la galería. Yo estoy bastante asustado, siempre es emocionante saltarse las normas pero si nos pillan nos castigarán, y a mí no me han castigado nunca. Bueno, excepto esa profe de Gimnasia que sustituyó a Alejandro, pero, es que era muy rara.

-¿Y qué pasa con Jose?-pregunto.

-Jose come en casa, no está aquí. ¿Vamos ya o qué?

Cojo aire y digo: ‘Vamos.’

Nos abrimos paso entre los demás niños y llegamos a la salida de la galería. Ana, la cuidadora, acaba de entrar en el baño con una niña que se había caído y tiene las rodillas raspadas. Pasamos tan rápido que no nos ve nadie. Una vez en la salida miramos a ambos lados asomando la cabeza para ver si pasa alguna monja. ¡Despejado!

Entrar en el edificio durante el recreo estaba prohibido. Pero aquel día descubrimos que era fantástico. Martín y yo recorrimos pasillos vacíos y helados con el 'babi' de los mejores agentes secretos de la historia, viviendo una aventura a cada paso que dábamos. Cada vez que oíamos a alguien nos escondíamos en algún aula hasta que se alejaban lo bastante para que no pudiésemos oír sus pasos, conteniendo la risa y el aliento. Nos agachábamos al pasar por delante de las puertas de los despachos y sorteábamos a las monjas más mayores con alguna mentirijilla.

A veces lo hacíamos sin motivo, otras veces, para cumplir alguna misión como ir a baños más limpios o recuperar algún objeto olvidado. Recuerdo esos días con especial cariño. La vida era emocionante, sonase el timbre o no.

sábado, 5 de abril de 2014

Lágrimas de tinta


<<Siempre quiso ser escritor, pero nadie le enseñó a escribir>>

No tenía muy claro por qué lloraba, pero lloraba. Lloraba como no había llorado en todo  aquel año, la frustración fluía desde sus ojos irritados, siguiendo la curva de sus mejillas, deteniéndose en sus labios, allí donde esperaba su grito. El grito de su ser entero, desgarrador, inaudible, pero real, alivio momentáneo de sus penas. Grito de un alma aventurera que bien pudiera ser la protagonista de alguno de sus intentos de novela.

Así era, todo habían sido preliminares, nada estaba contado. Sólo un montón de ideas entrelazadas, olvidadas en un cajón de la mente del perezoso escritor frustrado. Era algo así como una paradoja: él condenaba a los personajes de sus inacabados libros a la existencia sin argumentos, a las páginas en blanco, a la incertidumbre destructora; pero si lo hacía era sólo porque él mismo carecía de historia, de drama, de ilusión y de aventura. 

El alma enferma engendra almas enfermas buscando curar su mal, sin saber que al escribir sus nombres en su mente, ya los condena a una existencia de la que siempre será responsable, y  que en sus manos está el hacer de ésta una aventura digna de ser vivida por aquellos a los que decidió dar vida: sus personajes.

[continuará...]

viernes, 28 de febrero de 2014

Aguanta


Menudo idiota.-dijo mirando el cadáver destrozado sobre el asfalto. 

No pienso llorar por ti-se dijo. No. Él se lo había advertido lo suficiente. 
Pero, para bien o para mal, somos libres. El corazón del hombre se ve zarandeado por vientos muy peligrosos. No da tiempo a pensar bien, siempre andamos improvisando. No estamos preparados, nadie nos enseña a vivir, nadie sabe muy bien cómo se hace. Cuesta girar el timón en contra del incompasivo oleaje y un barco no se gobierna solo.

De vez en cuando la tormenta parece que va a acabar con nosotros. Pero en realidad todo es un engaño. El mundo va de farol, pero sabe jugar muy bien. No se pierde la partida hasta que se muestran las manos. Solo nosotros podemos apostar a nuestro favor, y hemos de jugar bien nuestras cartas para ganar la partida. El problema es rendirse. Y él se había rendido saltando desde aquella azotea. Idiota.

-Cobarde.- dijo en el entierro. Y tiró sobre el ataúd donde se descomponía el cuerpo que tantas veces hubo abrazado un sobre con las fotos de todos los momentos que se había perdido. Las fotos de su feliz futuro, en el que toda la desesperación por la que atravesaba hubiere sido vencida. Y mientras arrojaba las pruebas de aquel regalo rechazado gritó de dolor: ¡¿Por qué no esperaste papá?! Estabas a punto de conocer a mamá. 

Y desapareció. Sin haber llegado nunca a existir.


lunes, 3 de febrero de 2014

¿Hemos llegado ya?

Viajan en coche. La madre duerme en el asiento delantero, acurrucada bajo la cazadora del padre. El hijo mayor mira por la ventana, hace poco que se ha despertado y está muy activo; los demás duermen. El padre lleva mucho tiempo al volante, pero sigue sonriendo. Está anocheciendo.
-¿Por qué los árboles no se mueven papá?
-Habla bajito hijo. No despertemos a la tropa.
El niño repite la pregunta en voz baja. La sonrisa del padre se hace más grande todavía.
-Pues, ¿tú por qué crees?
El niño se lo piensa un poco y dice finalmente:
-Porque son unos vagos.
El padre se ríe mientras toma el desvío.
-¿Unos vagos, eh?
-Sí, mamá siempre me dice que soy un vago cuando no hago nada. ¿No tienen mamá los árboles?
-Yo creo que los árboles no se mueven porque no tiene piernas- interviene su hermana pequeña, que lleva despierta unos minutos.
-¡Que tontería! La tía Marisa tiene piernas y no se mueve.
-Calma chicos. No despertéis a mamá.
-¿Hemos llegado ya?- se despierta otro de los niños. Su cara no tiene desperdicio. Se le ha quedado pegado un cromo en la mejilla y sus ojos delatan el sueño que tiene.
-¡Pero eso es porque va siempre en esa silla de ruedas!
-Schhst. Chicos, chicos. Hablad bajito por favor.
-¡Buenos días!- dice de pronto la más pequeña de las chicas, que se ha despertado por el alboroto.
-¿Pero qué pasa con los árboles?
-Los árboles saben hablar bajito.
-Papá no seas tonto. Los árboles no hablan- se ríen todos.
El bebé se despierta y empieza a llorar.
-Lo véis. Ya se ha despertado.
Mientras los niños intentan dormir a su hermano pequeño la madre, que se ha despertado, sonríe y mira a su marido.
-Te quiero.-susurra
Le da un beso en la mejilla y se vuelve hacia sus hijos, que han conseguido calmar al peque.
-A ver, ¿me podéis explicar de qué va todo esto?
El mayor es el más rápido en contestar:
-Es que quiero saber por qué no se mueven los árboles. Pero papá no tiene ni idea.
-¡Oye!- dice el padre entre risas.
-Es verdad, papá no tiene ni idea.-se burla la madre, aún sonriendo.

viernes, 31 de enero de 2014

De nuevo

Ver amanecer desde el tejado siempre le había gustado. Hacía tiempo que no subía, la vida no le dejaba, o eso se decía.

Tenía frío.

Observó en silencio la agonizante oscuridad. Lo cierto es que temía estar solo, enfrentarse con su ser. Y bajo la luz del sol naciente, todo se ve demasiado bien.

Había pasado demasiados meses huyendo de las preguntas, acallando su espíritu inquieto. Viviendo sin vivir, matándose sin morir del todo. Había hecho daño a todos los que le querían, frustradas  fueron las esperanzas en él depositadas. Mucho había cambiado en poco tiempo, y ,sin embargo, allí de nuevo el sol salía.

Puntual, aparentemente inmutable, la luz avanzaba poco a poco.

Sintió el calor en sus mejillas, cerró los ojos y suspiró. Lloró de cansancio y de amargura. Se dejó mecer por la luz de la aurora. Allí estaba él, de nuevo, como tantas otras veces, delante de su sol, del astro ardiente. Había llegado su hora, el nuevo día. Luz de nuevo, rayos de esperanza. Regalo del cielo, nuevo comienzo.‬
 

lunes, 18 de noviembre de 2013

Confía

Fundido en la lluvia la tarde recorro. No me detengo en mi camino. Un rayo rasga el cielo y un trueno lo sigue. Camino con prisa, las nubes me alcanzan con cada gota. El abrigo hace poco, tirito de frío. No hay nadie en la calle. Llueve con fuerza. 
Lo cierto es que no me esperaba esto. Me esperaba un día luminoso, frío pero con luz, no la tormenta en la que camino. Un día agradable, un día esperanzador, un día de sonrisas externas e internas. La tormenta no da tregua, tengo el pelo empapado y el corazón en un puño.
En mi cabeza resuena "¿Qué estás haciendo?". "Vuélvete a casa" se queja mi ser "Estás perdiendo el tiempo". El viento me empuja y se pone en mi contra. La lluvia me corta. Tengo miedo. No sé qué hacer, igual volver es lo más acertado.
Entonces a lo lejos veo una luz brillar, plateada, preciosa, guiando mi camino. Una luz compañera, una luz singular.Miro al cielo y sonrío contento a la Luna. Llego a tu puerta y tomo aire.

martes, 17 de septiembre de 2013

Nunca más

La protagonista de esta historia tiene mucho que contarnos, ¿estaremos dispuestos a atenderla?

No puede ser, maldita sea-pensó asustada.-¿Por qué?-No podía entenderlo, qué vergüenza, ahora que salía de casa por vez primera comprendía porque había estado tanto tiempo encerrada en aquel desván. Todas las miradas se fijaban en ella, la señalaban, se reían. Estaba a punto de ponerse a llorar.Nerviosa echó a correr, apartando lo que a su paso encontraba. En su camino veía las caras de burla en cada esquina, sonrisas maliciosas que comentaban entre ellas, escuchó carcajadas. Al pasar por un parque infantil, los que allí estaban le empezaron a tirar arena a la cara. No sabía qué hacer. Las lágrimas eran su únicas acompañantes en esa carrera, en su huída del mundo. Siguió corriendo, tapándose el rostro con las manos, corrió hasta que no pudo más y se refugió en un oscuro callejón donde recuperó fuerzas y siguió llorando hasta que no quedaron en ella más lágrimas.
No sabía cuanto tiempo habría pasado, ni cuán lejos de su casa estaba. Tenía miedo, y no comprendía nada. La noche cubrió el cielo con sus miles de estrellas pero a ella le dio igual, no podía levantar la mirada del miedo que tenía.
-¿Te has perdido?-Alguien le preguntó.
-Déjeme-dijo con una voz temblorosa.
-Yo puedo ayudarte.
-¿Cómo? Todos me han abandonado, he sido repudiada.
-Con un regalo. Ten-le dio una cajita de pequeño tamaño-Buena suerte.
El misterioso hombre desapareció entre las sombras. Ella no perdió tiempo y abrió la caja. Al hacerlo cayó una nota de su interior:

"Eres demasiado grande para mí. Lo dejo en tus manos."
Pd: por atrás borra.

¿Por atrás borra?-Se preguntó. La respuesta estaba en la caja. Sacó el pequeño objeto de su interior y lo alzó feliz. Un lápiz. Un lápiz con goma de borrar. ¡Por fin podría acabar su historia! Era la dueña de su destino, ¿una novela inacabada? Nunca más.

sábado, 31 de agosto de 2013

¡Sorpresa!

-¡FELICIDADES!-gritamos todos a la vez. Él se rió y se puso a dar las gracias y a saludarnos a todos.
Alguien conectó la música, unos se pusieron a bailar y otros a charlar. El homenajeado paseaba por la terraza decorada para él con una sonrisa en el rostro, impresionado. La gente reía y el ambiente era perfecto. Atrás quedaba la preparación y los agobios, había merecido la pena, porque todo salió bien.
Fue genial, irrepetible, todos disfrutamos muchísimo, tanto, que sin apenas darnos cuenta la noche llegó a su fin y la fiesta terminó. Me fui a dormir contento e ilusionado, con una sonrisa en el rostro.

Al día siguiente me desperté cansado, pero tenía mucho que hacer, hablé con mis amigos y lo preparamos todo.

Unas cuantas horas más tarde gritamos todos a la vez: ¡FELICIDADES!. Él se rió y se puso a dar las gracias y a saludarnos a todos.El homenajeado paseaba por la terraza decorada para él con una sonrisa en el rostro, impresionado. La gente reía y el ambiente era perfecto. Atrás quedaba la preparación y los agobios, había merecido la pena, porque todo salió bien.
Fue genial, irrepetible, todos disfrutamos muchísimo, tanto, que sin apenas darnos cuenta la noche llegó a su fin y la fiesta terminó. Me fui a dormir contento e ilusionado, con una sonrisa en el rostro. <<Feliz cumpledías amigo mío>> pensé antes de sucumbir al sueño.

miércoles, 19 de junio de 2013

Abre los ojos

Se montó en aquel viejo autobús verde tiritando de frío, como cada mañana desde hacía algún tiempo. Pagó su billete y se sentó cerca de la puerta trasera sin levantar la mirada. Una vez en su asiento se frotó los hombros para entrar en calor y tosió sonoramente. Abrió la mochila y sacó su móvil, conectó los cascos, se los puso, cerró los ojos apoyada en la ventana y le dio al play.

Se acomodó escuchando a su cantante favorito implorar por un amor que nunca llegaba.  Conocía la canción de memoria, y le encantaba. Empezó entonces a pensar en el amor. Y se dejó llevar por la imaginación. Aunque quizás era un poco tonto, y en verdad con su edad no tendría que pensar esas cosas, confiaba en que se encontraría al hombre de sus sueños, protagonista de tantas películas, en un momento inesperado, cuando más lo necesitase. Imaginaba ese encuentro de mil y un maneras: tal vez chocarían al salir del supermercado, tirando las bolsas de la compra, y puede que entonces se rozasen sus manos, recogiendo; o tal vez en una fiesta, entre el caos de la pista de baile sus ojos se cruzarían con los de él, apagándose todo lo demás...Soñó despierta un rato más, luego abrió los ojos, estaba llegando a su destino, apretó el botón de parada y se fue sin mirar atrás. 

Desde el bus, sentado justo detrás de donde ella había estado soñando con encontrar el amor, la siguió con la mirada un muchacho joven, con una sonrisa triste en su rostro. 'Si me tanto me buscas, ¿por qué no abres los ojos?' suspiró.


miércoles, 15 de mayo de 2013

El traje más adecuado

Se puso los pantalones. Abrochó los botones de su mejor camisa de seda con cuidado. Se colocó el cinturón. Los gemelos de plata que le habían regalado por el ascenso serían perfectos para ese día. Sacó del armario la corbata gris de Loewe y se echó colonia. Se apretó el nudo de la corbata  frente al espejo y se colocó la chaqueta, como todas las mañanas. 

Se miró, tratando de recordar la primera vez que se puso un traje. Curiosamente lo primero que vino a su memoria fue una fiesta de cumpleaños hacía muchos años, cuando él aún era un niño, en la que se puso el traje de Superman. Le hizo gracia verse vestido con ese traje de colores tan llamativos. Sonrió con cierta nostalgia. En ese entonces quería salvar el mundo. Menos mal que ácabó por entender que eso era imposible, y olvidando sus sueños absurdos de niñez, busco trajes más adecuados para su futuro. 

De pronto salió de sus pensamientos, algo andaba mal. Había apretado demasiado. Se estaba empezando a asfixiar. Su reflejo forcejeaba con la corbata, con el rostro completamente rojo. Intentó pedir auxilio pero no conseguía articular palabra alguna. Los ojos se le salían de las órbitas mientras buscaba algún objeto con que cortarla, pero no había nada. Cayó sobre el lavabo buscando el aire, agarrándose para no desplomarse en el suelo. Poco a poco, sus pulmones se quedaron vacíos, el reflejo de su rostro se difuminó y su mirada quedó perdida, carente de brillo. Se había ahogado en su propio conformismo. Algo natural pues, al fin y al cabo, con trajes como aquel también se entierran a los muertos.

viernes, 3 de mayo de 2013

Pérdidas y hallazgos

Y se fue, con la mirada bien alta, dejándolo de nuevo con la palabra en la boca, en esta ocasión por última vez. Él lo había estropeado todo. Tiró el ramo de rosas a la basura. Debió haberlo supuesto, el daño que había hecho era irreparable. Se sentó en un banco y observó la gente a su alrededor. Todos demasiado ocupados para ser conscientes de lo que estaba sucediendo. Y allí se quedó, sentado durante horas, pensando, recordando...La reacción natural hubiese sido luchar algo más por ella. Pero él no era un hombre cualquiera, había tenido la posibilidad de estar con esa joven, que ahora se escapaba de entre sus manos camino a la taquilla de la estación; y eso lo había cambiado todo. En su  paso por su vida, entendió que ella era increíble. 

Pero lo entendió demasiado tarde, justo en el momento en que la perdía. Sin embargo se había dado cuenta también, de que habiendo hecho lo que hizo, no era merecedor de volver a tocarla, ni mucho menos de tratar de robarle una de sus maravillosas sonrisas. No, ahora sólo le quedaba olvidar, y pasar página. Era lo suficientemente hombre como para comprender lo mediocre que había sido; la grandeza había pasado a su lado y él, no contento con no darse cuenta de lo que tenía enfrente, había hecho añicos su corazón, destruyéndolo como una obra de arte al fuego de una chimenea en invierno, ahogándola entre el humo de su ineptitud, convirtiendo en cenizas las alas de aquel ángel.

Y sin embargo aquel ángel, como el ave fénix, se recompuso y echaba ahora el vuelo más segura que nunca, pese a que aún le temblasen las alas. Al ver como ella después de todo seguía en pie, firme y confiada, fue consciente de que era el momento de abandonar. Por suerte ella era fuerte y superó lo ocurrido, al menos así él no tendría que cargar con la culpa de haberle robado esa flor al mundo. Sólo sufriría porque perdió el derecho de contemplarla, porque esa flor era su flor y ahora volaba, lejos, libre al fin de un patán como él. De alguien que no apreció lo que tenía.

Las lágrimas recorrían sus mejillas anhelantes de un consuelo que nunca llegó. Un consuelo que él no merecía. Y ella subió a un tren, rumbo a ninguna parte, en busca de un pozo profundo donde sumergir sus recuerdos, donde limpiar su memoria de los errores del pasado. Y sería en ese profundo manantial donde la esperaba el hombre que, pese a todos sus defectos, la hizo feliz por siempre jamás.

martes, 9 de abril de 2013

Un gran momento para la historia

Dos jóvenes caminan de la mano en el parque. Ya está anocheciendo, la nieve cruje suavemente bajo sus pies. Ríen. Bromean. Están enamorados, y además, es Navidad. El parque les brinda un lugar precioso para pasear. 

Ella camina feliz, ahora en su rostro se dibuja una sonrisa a la que ha precedido una sonora carcajada. Ese chico la vuelve loca. Aprieta fuerte su mano, luchando por mantenerlo cerca, temerosa de que por soltarla él fuese a desvanecerse como un sueño que escapa de los recuerdos y pasa al olvido en el momento justo en que quieres contarlo. No está dispuesta a renunciar a ese sueño, no concibe su vida sin ese chico.
Él por su parte sonríe por dentro, no hay en el mundo persona más afortunada. La tiene a ella, lo tiene todo. Ha alcanzado su destino a poco de empezar el camino, y saberlo le hace feliz, le llena de paz. Es cierto que no sabe que le deparará el futuro, pero eso no importa, ese momento que está viviendo, sintiendo sus dedos entrelazados con su amor, consciente de que son uno sólo, es lo único importante: Carpe Diem.

Y yo les miro, compartiendo ese momento tan mágico, espiando sus pensamientos y sus sonrisas. Este es sin duda un gran momento para la historia, algo que siempre me gusta volver a ver. Me encanta regresar a este instante concreto del tiempo, me gusta disfrutar de algo que, tristemente, no tardaría en desaparecer. Les vuelvo a mirar cuando ya se alejan y aparece en mí una sonrisa melancólica, me gustaría que las cosas hubiesen sido de otro modo. Yo había alcanzado mi destino, y ahora en verdad ni siquiera tengo camino por recorrer. Nunca debiste soltar mi mano.


lunes, 8 de abril de 2013

La historia de siempre

Escribo un poco más y borro. Tacho aquí y allá y lo emborrono todo. Otra vez. Cojo una hoja nueva del estante y la sitúo ante mis ojos. Ella me mira, carece de ojos, pero me mira, y su mirada es fría, desconfiada; parece como si supiese que soy nuevo en esto, que me siento inseguro y que lo más probable es que la acabe arrugando de frustración entre mis dedos y la sitúe en la, ya rebosante de sus hermanas, papelera sin el menor escrúpulo. 
Y sin embargo no parece asustada, no es que espere que vaya a echar a correr ni nada por el estilo, hace años que me convencieron que eso no podía ocurrir, pero si me parecería normal atisbar algo de miedo en su blanquecina piel, yo por lo menos estoy conteniendo el aliento. No hay nada más peligroso para una hoja en blanco que un escritor primerizo, así como no hay nada más peligroso que una hoja en blanco para un escritor primerizo. Es un combate de fuerzas bellas el que se da entre estos elementos. Un combate adictivo para muchos como yo, y peligroso para los incautos. Una fiera lucha psicológica, profunda y, sobre todo insisto, peligrosa. 
La hoja sólo se defiende, nunca ataca, es paciente, muy paciente, pero siempre está atenta a todos tus pasos, esperando tu error garrafal, dispuesta a reír con ganas de tu cara de idiota, dispuesta a demostrarte que tú mismo te vences. 
El escritor sin embargo nunca se defiende, siempre ataca, es como un peón valiente que levanta el boli como un arma sin intención de retroceder. Y sin embargo en la lucha, tras cada estocada de tinta sobre el papel, la hoja aprovecha para destacar los errores, buscando desmoralizar y hacer abandonar a su contrincante. No le importa morir en el intento ¿qué más da que la arruguen y la tiren si consigue con eso silenciar la historia más bella jamás escrita? En fin, vuelvo a la lucha, espero salir victorioso.

domingo, 17 de marzo de 2013

Creadores y verdugos

Era horrible, encerrada como estaba, en ese pequeño cubículo andrajoso cerrado a cal y canto apenas si podía ya respirar. Y lo peor de todo es que aún recordaba el exterior. Y es que hubo un tiempo en que su captor estuvo orgulloso de ella y la mostraba con una sonrisa a sus amigos. Recordaba haberle visto hablar de ella durante días . Y era todo tan bello, tan bonito, había tantos colores allá fuera, tanta vida, tanta esperanza... 
Sin embargo, según fue pasando el tiempo se distanciaron. Ya no la prestaba tanta atención, y pese a sus esfuerzos por volver a su vida, cada vez que se acercaba a sorprenderle, él se enfadaba y decía que no podía hacerla caso, que tenía que hacer otras cosas. Había pasado a un segundo plano, había sido relegada, ya no era interesante, o peor, si lo era, pero no tenía tiempo para ella. A veces se preguntaba si también él sufriría. Si bien, poco a poco, ella dejó de insistir y los días dejaron de ser tan felices. 
Y de pronto,sin previo aviso, un día horrible apareció él muy enfadado, con los ojos rojos de frustración y la cara llena de lágrimas, y la cogió bruscamente y la encerró en ese horrible y pequeño lugar, y después tiró la llave y nunca intentó encontrarla. Sus gritos y llantos de nada sirvieron.
Y ahora ya moría, pues él la había olvidado. Era tan triste, nunca sería lo que podría haber sido, nunca se llevaría a cabo su cometido. No era más que una idea olvidada.