Mi ático lunar abandonado

martes, 9 de abril de 2013

Un gran momento para la historia

Dos jóvenes caminan de la mano en el parque. Ya está anocheciendo, la nieve cruje suavemente bajo sus pies. Ríen. Bromean. Están enamorados, y además, es Navidad. El parque les brinda un lugar precioso para pasear. 

Ella camina feliz, ahora en su rostro se dibuja una sonrisa a la que ha precedido una sonora carcajada. Ese chico la vuelve loca. Aprieta fuerte su mano, luchando por mantenerlo cerca, temerosa de que por soltarla él fuese a desvanecerse como un sueño que escapa de los recuerdos y pasa al olvido en el momento justo en que quieres contarlo. No está dispuesta a renunciar a ese sueño, no concibe su vida sin ese chico.
Él por su parte sonríe por dentro, no hay en el mundo persona más afortunada. La tiene a ella, lo tiene todo. Ha alcanzado su destino a poco de empezar el camino, y saberlo le hace feliz, le llena de paz. Es cierto que no sabe que le deparará el futuro, pero eso no importa, ese momento que está viviendo, sintiendo sus dedos entrelazados con su amor, consciente de que son uno sólo, es lo único importante: Carpe Diem.

Y yo les miro, compartiendo ese momento tan mágico, espiando sus pensamientos y sus sonrisas. Este es sin duda un gran momento para la historia, algo que siempre me gusta volver a ver. Me encanta regresar a este instante concreto del tiempo, me gusta disfrutar de algo que, tristemente, no tardaría en desaparecer. Les vuelvo a mirar cuando ya se alejan y aparece en mí una sonrisa melancólica, me gustaría que las cosas hubiesen sido de otro modo. Yo había alcanzado mi destino, y ahora en verdad ni siquiera tengo camino por recorrer. Nunca debiste soltar mi mano.


lunes, 8 de abril de 2013

La historia de siempre

Escribo un poco más y borro. Tacho aquí y allá y lo emborrono todo. Otra vez. Cojo una hoja nueva del estante y la sitúo ante mis ojos. Ella me mira, carece de ojos, pero me mira, y su mirada es fría, desconfiada; parece como si supiese que soy nuevo en esto, que me siento inseguro y que lo más probable es que la acabe arrugando de frustración entre mis dedos y la sitúe en la, ya rebosante de sus hermanas, papelera sin el menor escrúpulo. 
Y sin embargo no parece asustada, no es que espere que vaya a echar a correr ni nada por el estilo, hace años que me convencieron que eso no podía ocurrir, pero si me parecería normal atisbar algo de miedo en su blanquecina piel, yo por lo menos estoy conteniendo el aliento. No hay nada más peligroso para una hoja en blanco que un escritor primerizo, así como no hay nada más peligroso que una hoja en blanco para un escritor primerizo. Es un combate de fuerzas bellas el que se da entre estos elementos. Un combate adictivo para muchos como yo, y peligroso para los incautos. Una fiera lucha psicológica, profunda y, sobre todo insisto, peligrosa. 
La hoja sólo se defiende, nunca ataca, es paciente, muy paciente, pero siempre está atenta a todos tus pasos, esperando tu error garrafal, dispuesta a reír con ganas de tu cara de idiota, dispuesta a demostrarte que tú mismo te vences. 
El escritor sin embargo nunca se defiende, siempre ataca, es como un peón valiente que levanta el boli como un arma sin intención de retroceder. Y sin embargo en la lucha, tras cada estocada de tinta sobre el papel, la hoja aprovecha para destacar los errores, buscando desmoralizar y hacer abandonar a su contrincante. No le importa morir en el intento ¿qué más da que la arruguen y la tiren si consigue con eso silenciar la historia más bella jamás escrita? En fin, vuelvo a la lucha, espero salir victorioso.

domingo, 17 de marzo de 2013

Creadores y verdugos

Era horrible, encerrada como estaba, en ese pequeño cubículo andrajoso cerrado a cal y canto apenas si podía ya respirar. Y lo peor de todo es que aún recordaba el exterior. Y es que hubo un tiempo en que su captor estuvo orgulloso de ella y la mostraba con una sonrisa a sus amigos. Recordaba haberle visto hablar de ella durante días . Y era todo tan bello, tan bonito, había tantos colores allá fuera, tanta vida, tanta esperanza... 
Sin embargo, según fue pasando el tiempo se distanciaron. Ya no la prestaba tanta atención, y pese a sus esfuerzos por volver a su vida, cada vez que se acercaba a sorprenderle, él se enfadaba y decía que no podía hacerla caso, que tenía que hacer otras cosas. Había pasado a un segundo plano, había sido relegada, ya no era interesante, o peor, si lo era, pero no tenía tiempo para ella. A veces se preguntaba si también él sufriría. Si bien, poco a poco, ella dejó de insistir y los días dejaron de ser tan felices. 
Y de pronto,sin previo aviso, un día horrible apareció él muy enfadado, con los ojos rojos de frustración y la cara llena de lágrimas, y la cogió bruscamente y la encerró en ese horrible y pequeño lugar, y después tiró la llave y nunca intentó encontrarla. Sus gritos y llantos de nada sirvieron.
Y ahora ya moría, pues él la había olvidado. Era tan triste, nunca sería lo que podría haber sido, nunca se llevaría a cabo su cometido. No era más que una idea olvidada.

Bajo las nubes del tiempo

'Adoro la lluvia. Me hace sentir vivo' Lo dije de pronto,  como lanzando la frase al infinito, y a la vez a lo más profundo de mi ser. La calle, completamente oscura, recibía impasible una vez más, sin darse cuenta de la belleza de aquel momento al agua que ,más tarde, quedaría estancada en charcos por todo el barrio. Ese agua que todo lo lleva, que todo lo arrastra, el agua que, como el tiempo, erosiona y destruye lentamente todo lo bueno. Es un veneno de naturaleza lenta y de sabor dulce, tanto el del agua como el del tiempo. Conforme atraviesan nuestro ser nos empapan de momentos, nos refrescan, nos molestan, y al final, sin que nos demos cuenta de nada, la roca pasa a ser arena y el hombre polvo. 
Y allí estaba yo, mirando al cielo, desafiante, dispuesto a disfrutar. Había comprendido al fin lo que todos olvidamos, había recordado lo maravillosa que es la lluvia, lo divertido que es mojarse e incluso bailar bajo la tormenta. Los paraguas acaban con nuestra genialidad, nos vuelven torpes y cómodos, cabizbajos y aburridos. Y con ellos tantas cosas nos hacen olvidar todo lo bello, igualándonos ante las nubes. Definitivamente, la vida es un mar de tiempo en el que hay que calarse bien a fondo, sin paraguas ni abrigo, sin capucha ni capa, se trata de llevar lo necesario y nadar hacia el tesoro escondido empapado hasta los huesos.