Mi ático lunar abandonado

miércoles, 15 de mayo de 2013

El traje más adecuado

Se puso los pantalones. Abrochó los botones de su mejor camisa de seda con cuidado. Se colocó el cinturón. Los gemelos de plata que le habían regalado por el ascenso serían perfectos para ese día. Sacó del armario la corbata gris de Loewe y se echó colonia. Se apretó el nudo de la corbata  frente al espejo y se colocó la chaqueta, como todas las mañanas. 

Se miró, tratando de recordar la primera vez que se puso un traje. Curiosamente lo primero que vino a su memoria fue una fiesta de cumpleaños hacía muchos años, cuando él aún era un niño, en la que se puso el traje de Superman. Le hizo gracia verse vestido con ese traje de colores tan llamativos. Sonrió con cierta nostalgia. En ese entonces quería salvar el mundo. Menos mal que ácabó por entender que eso era imposible, y olvidando sus sueños absurdos de niñez, busco trajes más adecuados para su futuro. 

De pronto salió de sus pensamientos, algo andaba mal. Había apretado demasiado. Se estaba empezando a asfixiar. Su reflejo forcejeaba con la corbata, con el rostro completamente rojo. Intentó pedir auxilio pero no conseguía articular palabra alguna. Los ojos se le salían de las órbitas mientras buscaba algún objeto con que cortarla, pero no había nada. Cayó sobre el lavabo buscando el aire, agarrándose para no desplomarse en el suelo. Poco a poco, sus pulmones se quedaron vacíos, el reflejo de su rostro se difuminó y su mirada quedó perdida, carente de brillo. Se había ahogado en su propio conformismo. Algo natural pues, al fin y al cabo, con trajes como aquel también se entierran a los muertos.

viernes, 3 de mayo de 2013

Pérdidas y hallazgos

Y se fue, con la mirada bien alta, dejándolo de nuevo con la palabra en la boca, en esta ocasión por última vez. Él lo había estropeado todo. Tiró el ramo de rosas a la basura. Debió haberlo supuesto, el daño que había hecho era irreparable. Se sentó en un banco y observó la gente a su alrededor. Todos demasiado ocupados para ser conscientes de lo que estaba sucediendo. Y allí se quedó, sentado durante horas, pensando, recordando...La reacción natural hubiese sido luchar algo más por ella. Pero él no era un hombre cualquiera, había tenido la posibilidad de estar con esa joven, que ahora se escapaba de entre sus manos camino a la taquilla de la estación; y eso lo había cambiado todo. En su  paso por su vida, entendió que ella era increíble. 

Pero lo entendió demasiado tarde, justo en el momento en que la perdía. Sin embargo se había dado cuenta también, de que habiendo hecho lo que hizo, no era merecedor de volver a tocarla, ni mucho menos de tratar de robarle una de sus maravillosas sonrisas. No, ahora sólo le quedaba olvidar, y pasar página. Era lo suficientemente hombre como para comprender lo mediocre que había sido; la grandeza había pasado a su lado y él, no contento con no darse cuenta de lo que tenía enfrente, había hecho añicos su corazón, destruyéndolo como una obra de arte al fuego de una chimenea en invierno, ahogándola entre el humo de su ineptitud, convirtiendo en cenizas las alas de aquel ángel.

Y sin embargo aquel ángel, como el ave fénix, se recompuso y echaba ahora el vuelo más segura que nunca, pese a que aún le temblasen las alas. Al ver como ella después de todo seguía en pie, firme y confiada, fue consciente de que era el momento de abandonar. Por suerte ella era fuerte y superó lo ocurrido, al menos así él no tendría que cargar con la culpa de haberle robado esa flor al mundo. Sólo sufriría porque perdió el derecho de contemplarla, porque esa flor era su flor y ahora volaba, lejos, libre al fin de un patán como él. De alguien que no apreció lo que tenía.

Las lágrimas recorrían sus mejillas anhelantes de un consuelo que nunca llegó. Un consuelo que él no merecía. Y ella subió a un tren, rumbo a ninguna parte, en busca de un pozo profundo donde sumergir sus recuerdos, donde limpiar su memoria de los errores del pasado. Y sería en ese profundo manantial donde la esperaba el hombre que, pese a todos sus defectos, la hizo feliz por siempre jamás.

martes, 9 de abril de 2013

Un gran momento para la historia

Dos jóvenes caminan de la mano en el parque. Ya está anocheciendo, la nieve cruje suavemente bajo sus pies. Ríen. Bromean. Están enamorados, y además, es Navidad. El parque les brinda un lugar precioso para pasear. 

Ella camina feliz, ahora en su rostro se dibuja una sonrisa a la que ha precedido una sonora carcajada. Ese chico la vuelve loca. Aprieta fuerte su mano, luchando por mantenerlo cerca, temerosa de que por soltarla él fuese a desvanecerse como un sueño que escapa de los recuerdos y pasa al olvido en el momento justo en que quieres contarlo. No está dispuesta a renunciar a ese sueño, no concibe su vida sin ese chico.
Él por su parte sonríe por dentro, no hay en el mundo persona más afortunada. La tiene a ella, lo tiene todo. Ha alcanzado su destino a poco de empezar el camino, y saberlo le hace feliz, le llena de paz. Es cierto que no sabe que le deparará el futuro, pero eso no importa, ese momento que está viviendo, sintiendo sus dedos entrelazados con su amor, consciente de que son uno sólo, es lo único importante: Carpe Diem.

Y yo les miro, compartiendo ese momento tan mágico, espiando sus pensamientos y sus sonrisas. Este es sin duda un gran momento para la historia, algo que siempre me gusta volver a ver. Me encanta regresar a este instante concreto del tiempo, me gusta disfrutar de algo que, tristemente, no tardaría en desaparecer. Les vuelvo a mirar cuando ya se alejan y aparece en mí una sonrisa melancólica, me gustaría que las cosas hubiesen sido de otro modo. Yo había alcanzado mi destino, y ahora en verdad ni siquiera tengo camino por recorrer. Nunca debiste soltar mi mano.


lunes, 8 de abril de 2013

La historia de siempre

Escribo un poco más y borro. Tacho aquí y allá y lo emborrono todo. Otra vez. Cojo una hoja nueva del estante y la sitúo ante mis ojos. Ella me mira, carece de ojos, pero me mira, y su mirada es fría, desconfiada; parece como si supiese que soy nuevo en esto, que me siento inseguro y que lo más probable es que la acabe arrugando de frustración entre mis dedos y la sitúe en la, ya rebosante de sus hermanas, papelera sin el menor escrúpulo. 
Y sin embargo no parece asustada, no es que espere que vaya a echar a correr ni nada por el estilo, hace años que me convencieron que eso no podía ocurrir, pero si me parecería normal atisbar algo de miedo en su blanquecina piel, yo por lo menos estoy conteniendo el aliento. No hay nada más peligroso para una hoja en blanco que un escritor primerizo, así como no hay nada más peligroso que una hoja en blanco para un escritor primerizo. Es un combate de fuerzas bellas el que se da entre estos elementos. Un combate adictivo para muchos como yo, y peligroso para los incautos. Una fiera lucha psicológica, profunda y, sobre todo insisto, peligrosa. 
La hoja sólo se defiende, nunca ataca, es paciente, muy paciente, pero siempre está atenta a todos tus pasos, esperando tu error garrafal, dispuesta a reír con ganas de tu cara de idiota, dispuesta a demostrarte que tú mismo te vences. 
El escritor sin embargo nunca se defiende, siempre ataca, es como un peón valiente que levanta el boli como un arma sin intención de retroceder. Y sin embargo en la lucha, tras cada estocada de tinta sobre el papel, la hoja aprovecha para destacar los errores, buscando desmoralizar y hacer abandonar a su contrincante. No le importa morir en el intento ¿qué más da que la arruguen y la tiren si consigue con eso silenciar la historia más bella jamás escrita? En fin, vuelvo a la lucha, espero salir victorioso.