Mi ático lunar abandonado

jueves, 5 de febrero de 2015

Tormenta en la ciudad

Una gota cae atravesando el cielo y muere en la calle. El chico y la chica bailan felices bajo la lluvia, como dicta el protocolo. No hay originalidad en las tormentas del amor moderno.

Él se ríe, y dice que la ama. Ella se sonroja y da una vuelta, y otra, y otra más. Después se para en sus brazos.

Un hombre pide con la cabeza gacha en la salida del metro. Quiere algo para comer, y también algo para vino. No tardará en levantarse e irse a su refugio. La gente casi nunca le ve, y menos cuando llueve.

Una gota cae y muere bajo esas nubes grises. Ya no es solo una, repiquetean a millares sobre el suelo,  en un esfuerzo vano por limpiar la contaminación que empapa el aire y acidifica su inocencia.

Los paraguas de colores adornan la acera, parece que se destiñen con el agua que cae. Los colores nunca brillan como deberían. No en la ciudad, no ante los ojos nublados. Una multitud de colores que no se mezcla, solo avanza; avanza sin saber, sin buscar, sin preguntarse.

Un rayo ilumina la ventana del cuarto del pequeño. Asustado por el trueno llora y llama a su madre. No está en casa; una cuidadora extranjera es quien le coge en brazos. Sus padres están trabajando para que tenga un futuro; el mismo futuro que él regalará a sus hijos. No es amor, es costumbre. No es seguridad es miedo.

Bailan juntos bajo la lluvia y ríen. Él dice que la ama; pero no es verdad, sólo que aún no lo sabe. Está en ese asombro que no deja ver la lluvia. Sueña un arcoiris sin saber que no está hecho si no de sombras de colores. Colores que tampoco son sino reflejos.

Una gota cae atravesando el cielo; una tras otra. La tormenta pasa sin causar estragos. Las vidas se rompen sin ser estrenadas.

domingo, 1 de febrero de 2015

Cada noche

Hace frío en las calles de Madrid, aunque podría hacer más. Es un frío de guantes, bufanda y abrigo bien abrochado. No es un frío de camiseta térmica, al menos para la mayoría. Es un frío que apenas notamos. Esa clase de frío que para nosotros se acaba con un chocolate caliente, una molesta sensación que nunca pasa el umbral de casa. Hace frío, pero nosotros apenas nos damos cuenta.

-¿Cuántos hacemos esta noche?
-No sé, ¿veinte? La última vez sobraron, pero nunca se sabe.
-¿Y ropa tenemos?
-Sí, algo hay. En la bolsa grande, en la entrada; creo que hay al menos un par de abrigos viejos, y también tenemos un saco de dormir.
-Bueno, algo tenemos.
-Sí, algo tenemos.

Recorren las calles de la ciudad, lo hacen sin hacer ruido, sin colgarse medallas. Son grupos pequeños, de gente de verdad. Tal vez su labor no sea cambiar las cosas, pero no esperan que nadie más lo haga. Caminan juntos, cada noche, acompañados por sus pasos, en busca del calor.  
Acuden puntualmente a su cita, cada semana. Su labor es ver a los que nadie ve, ver a aquellos que incluso dejaron de verse a sí mismos. Llevan bocatas, caldo caliente, una pieza de fruta y algo de ropa. Pero más que eso se llevan ellos, a conocer las caras del frío, a compartirlo, a dar calor,  a avivar el fuego.

La cálida mirada derrite el hielo de las lágrimas de una tristeza que nadie merece; la conversación, la compañía. Un par de chistes, algún silencio incómodo, preocuparse por una tos que no tiene buena pinta, un abrazo que te llena de pulgas. Así combaten el frío. Cara a cara, corazón a corazón. Saben que no cambian nada, saben que lo cambian todo.

Hace frío en las calles de Madrid, aunque podría hacer más.

miércoles, 28 de enero de 2015

I

Es extraño escribir poesía sin mancharme las manos,
no hay sitio para el romanticismo en nuestro tiempo.

Las viejas historias ya nunca se hacen leyendas
mueren sin coger polvo
sin ser apenas escuchadas.

Despierta el corazón valiente
la mañana en que descubre para qué nació.

Ve a la amada por primera vez

la mira y nada cambia,
descubre que nunca el tiempo se detuvo por amor

Es bella, ¿cómo no?
Dulce e inocente,
melodía de la risa más pura

Espíritu que vuela,
canto de sirena

Ningún verso cobarde le hará jamás justicia.
Me detengo y pruebo suerte.

Espero que mis besos si lo hagan.

domingo, 25 de enero de 2015

Una casa con chimenea

Algunos libros decoraban las estanterías de la sala. Eran de esos tomos grandes y bonitos que protegen las viejas historias y los antiguos saberes, y que casi nadie lee. Aunque según me dijeron, el padre a veces los ojeaba cuando subía allí; al lado de la chimenea. Era raro encontrar una casa con chimenea en aquel tiempo, y en esa casa sabían aprovecharla. También una de las hijas solía subir allí, a ver bailar al fuego, y así, acurrucada, leía o estudiaba, o a veces solo pensaba, debajo de una manta. Muchas veces vi cómo utilizaban las llamas para fundir nubes de chuche y prepararlas con chocolate y galletas. 

Y es que la verdad, íbamos mucho por allí. Eran todos unos perfectos anfitriones, no te podías sentir incómodo en aquella casa. Aquel día seríamos unos diez. Recuerdo el frío de fuera, y aquel atasco interminable. Recuerdo que estaba agotado. Todos estábamos un poco cansados; pero yo había tenido un día especialmente largo. Ahora pienso en ese día y sonrío; veo las caras de mis amigos y al cumpleañero apagando las velas de mi tarta favorita.

Sin saber muy bien por qué, supongo de lo cansado que estaba, esa noche no paré de hablar. Intenté, como tantas otras veces, contar una historia; pero estaba tan cansado que no se me ocurría nada bueno, así que conté un poco de lo que me había pasado ese fin de semana. Pero, ¡estaba tan contento! ¡Tan feliz en ese rinconcito! rodeado de gente buena; y especialmente de estar hablando y riendo con esas dos personitas... Tenía que merecer la pena. Tenía que improvisar un poco. Si no al final, la vida es un rollo.