Mi ático lunar abandonado

sábado, 14 de febrero de 2015

Necedades

Cae la tierra sobre la tumba y la gente se marcha. 

Siempre supe que todos íbamos a morir, pero nunca imaginé que cada uno de nosotros, con nuestros nombres y apellidos, nos apagaríamos, pasando a formar parte de esas líneas torcidas que nunca serán escritas en el libro del olvido.

No es un día de lluvia. 'Por suerte los tópicos también mueren con el tiempo'. Hace sol, como el día en que me enteré de la noticia. Un sol suave, que acaricia a la vida a lo lejos; con la delicadeza con la que una madre acaricia a su hijo, la justa presión para que no se mezclen emociones. Porque el amor no es pasión, y el odio no es indiferencia. Las manos de una madre saben eso, el sol sin embargo, no sabe nada; pero la naturaleza es sabia sin serlo, y sus caricias son suaves.

Les he visto llorar a todos, pero yo no he llorado. Nunca hago las cosas a derechas. Ni siquiera sé llorar cuando se debe. He visto los trajes negros y no he podido evitar cuestionarme esa costumbre social absurda una vez más; en vez de dejarme cautivar por el respeto que intentaban transmitir.  El ataúd ostentoso, la corona de flores: 'tristemente algunos tópicos nunca mueren' eso fue lo que pensé.

Soy un necio. Nunca entendí nada. Nunca imaginé que tal vez detrás de esas costumbres aparentemente estúpidas se esconden verdaderos sentimientos que la mayoría de la gente no se atreve a manejar sola; que la cultura es el refugio de los cobardes y que los valientes somos unos locos inadaptados. 

Que por querer sentir 
despreciamos al que siente; 
que por querer vivir 
saltamos desde los puentes.

Ahora que al fin he muerto me siento vivo. Pero sigo llorando a destiempo, y ahora nunca sabré por qué.

domingo, 8 de febrero de 2015

Abrazos

[...]

Creo que lo ideal hubiera sido ir a verte; lo ideal sería haberte dado un abrazo. Creo que los abrazos son un buen invento, ¿qué sería de la amistad sin ellos? 

Y sin embargo, hoy ni siquiera he hecho un ademán disimulado, una mísera intención de romper mi rutina y pasar por tu casa para verte. Y, ¡qué mal! Pues poco a poco he comprendido que hay cosas en la vida (demasiadas) que dependen del valor que nosotros les demos. Y el cumpleaños de un amigo es una de esas. Pero, a pesar de mi dejadez imprudente, me he lanzado a escribirte; tratando de dar valor a lo que en el fondo sé valioso. Con la esperanza de, tal vez, alegrarte; darte esa paz que solo los silencios dan a la vida; sorprenderte.

Me gustaría darte un abrazo de esos que lo dejan todo dicho, aunque nunca dicen nada. Un abrazo de niño, que rodea con sus manitas apretando fuerte y que corona con la cabeza, apoyada en el otro. ¿No es eso la vida: el paso del tiempo en un abrazar más o menos fuerte a la existencia? No lo sé, probablemente no. Pero si así fuera, me gustaría darte un abrazo de esos. Un abrazo de los que tantas veces quiero dar y no me atrevo.

Pues no somos ya niños, y solo los niños son valientes de verdad. Por eso hay que esperar a fechas como la de hoy para decir esas palabras que ya no dicen ni los abrazos. Hemos relegado la amistad a pequeños momentos, y ni siquiera recordamos las fechas fijadas. Ni siquiera he pasado por tu casa a saludarte. Pero quería escribirte y pedirte perdón; quería agradecerte y abrazarte fuerte con esta humilde carta. Y me da la sensación de que no he sabido. 

Ya no esperamos esa clase de abrazos casi en ninguna ocasión, por eso tampoco sabemos darlos; hemos olvidado esas palabras. 

Y pese a todo aún queda en nosotros algo de ese niño y su valor. 

Quería agradecerte, en especial, no dejar que el niño muera. Gracias de verdad.

 [...] 

jueves, 5 de febrero de 2015

Tormenta en la ciudad

Una gota cae atravesando el cielo y muere en la calle. El chico y la chica bailan felices bajo la lluvia, como dicta el protocolo. No hay originalidad en las tormentas del amor moderno.

Él se ríe, y dice que la ama. Ella se sonroja y da una vuelta, y otra, y otra más. Después se para en sus brazos.

Un hombre pide con la cabeza gacha en la salida del metro. Quiere algo para comer, y también algo para vino. No tardará en levantarse e irse a su refugio. La gente casi nunca le ve, y menos cuando llueve.

Una gota cae y muere bajo esas nubes grises. Ya no es solo una, repiquetean a millares sobre el suelo,  en un esfuerzo vano por limpiar la contaminación que empapa el aire y acidifica su inocencia.

Los paraguas de colores adornan la acera, parece que se destiñen con el agua que cae. Los colores nunca brillan como deberían. No en la ciudad, no ante los ojos nublados. Una multitud de colores que no se mezcla, solo avanza; avanza sin saber, sin buscar, sin preguntarse.

Un rayo ilumina la ventana del cuarto del pequeño. Asustado por el trueno llora y llama a su madre. No está en casa; una cuidadora extranjera es quien le coge en brazos. Sus padres están trabajando para que tenga un futuro; el mismo futuro que él regalará a sus hijos. No es amor, es costumbre. No es seguridad es miedo.

Bailan juntos bajo la lluvia y ríen. Él dice que la ama; pero no es verdad, sólo que aún no lo sabe. Está en ese asombro que no deja ver la lluvia. Sueña un arcoiris sin saber que no está hecho si no de sombras de colores. Colores que tampoco son sino reflejos.

Una gota cae atravesando el cielo; una tras otra. La tormenta pasa sin causar estragos. Las vidas se rompen sin ser estrenadas.

domingo, 1 de febrero de 2015

Cada noche

Hace frío en las calles de Madrid, aunque podría hacer más. Es un frío de guantes, bufanda y abrigo bien abrochado. No es un frío de camiseta térmica, al menos para la mayoría. Es un frío que apenas notamos. Esa clase de frío que para nosotros se acaba con un chocolate caliente, una molesta sensación que nunca pasa el umbral de casa. Hace frío, pero nosotros apenas nos damos cuenta.

-¿Cuántos hacemos esta noche?
-No sé, ¿veinte? La última vez sobraron, pero nunca se sabe.
-¿Y ropa tenemos?
-Sí, algo hay. En la bolsa grande, en la entrada; creo que hay al menos un par de abrigos viejos, y también tenemos un saco de dormir.
-Bueno, algo tenemos.
-Sí, algo tenemos.

Recorren las calles de la ciudad, lo hacen sin hacer ruido, sin colgarse medallas. Son grupos pequeños, de gente de verdad. Tal vez su labor no sea cambiar las cosas, pero no esperan que nadie más lo haga. Caminan juntos, cada noche, acompañados por sus pasos, en busca del calor.  
Acuden puntualmente a su cita, cada semana. Su labor es ver a los que nadie ve, ver a aquellos que incluso dejaron de verse a sí mismos. Llevan bocatas, caldo caliente, una pieza de fruta y algo de ropa. Pero más que eso se llevan ellos, a conocer las caras del frío, a compartirlo, a dar calor,  a avivar el fuego.

La cálida mirada derrite el hielo de las lágrimas de una tristeza que nadie merece; la conversación, la compañía. Un par de chistes, algún silencio incómodo, preocuparse por una tos que no tiene buena pinta, un abrazo que te llena de pulgas. Así combaten el frío. Cara a cara, corazón a corazón. Saben que no cambian nada, saben que lo cambian todo.

Hace frío en las calles de Madrid, aunque podría hacer más.