Mi ático lunar abandonado

lunes, 23 de febrero de 2015

II

'Que se olviden las horas que nunca midieron nada,
la vida es perder el aliento en cada mirada'


He descubierto que en realidad, la vida es corta y escasa. 

No dura más que el tiempo en que tardan mis labios en olvidarse de los tuyos. 
Es tan efímera como una sonrisa sincera;
tan escasa como esa sensación que me embriaga y no comprendo 
cada vez que te quedas dormida en mis brazos. 

Es el dibujo en el agua que nos dice que algo ha pasado, 
que ya no está y que pronto no habrá dejado huella.

La vida es mirarse a los ojos en una carcajada. 

Un abrazo innecesario, 
un choque de puños amistoso. 

La vida no dura más que lo que tardamos en olvidar un sueño. 
Es lo que se siente al contar un cuento, 
o al cantar una canción. 

Esos versos que conmueven y que solo se dicen una vez; 
el rasgueo guitarra que nos hace vibrar.

La vida es sentir el lazo musical que a todos nos une, cuando, 
en un momento inesperado, se tensa y nos acerca
deshilachando las barreras,
despertando las emociones.

La vida es un instante entre todas esas horas,
que sucede sin buscarlo, 
como los besos robados.
 
La vida es ese cosquilleo, 
ese silencio eterno que apenas dura un suspiro.

Es olvidar respirar cada vez que intentamos aprender a hacerlo.

Es nacer al despertar y olvidarse de la muerte.


 

domingo, 15 de febrero de 2015

'Le doy mi palabra'

Eso fue lo que dijo el joven a ese vagabundo moribundo, de tez oscura y barba larga y sucia. Se habían encontrado por casualidad, como suceden las mejores cosas en la vida; ese tipo de casualidad que no existe en las novelas. Él iba con su bici, de camino a casa, volvía con el pan recién hecho en la cesta y una sonrisa propia de la gente feliz, una sonrisa que echas de menos cuando no está; y como siempre, tomó un atajo por entre las calles del puerto. Eran cerca de las dos y el hambre le acompañaba desde primera hora de la mañana. De hecho, ya había dado buena cuenta del pan que llevaba a su pequeña casa cuando se topó con el viejo Matthew, encogido como un ovillo feo y lloroso.

Fue al entrar en el estrecho paso entre la Calle del Báltico y el Viejo Mercado. Era el tramo más oscuro de su camino, olía a orina y a pescado podrido; es decir, olía más que el resto del barrio. El Puerto era la zona más pobre de la ciudad, y también la más peligrosa. Pero no nos equivoquemos, no es que fuese peligrosa por la pobreza; si no que lo era más bien por la desesperanza. El aroma del miedo y la angustia que alimentaba los pulmones de sus habitantes, esa era la causa del peligro.

Primero no reparó en él, Matthew llevaba tanto tiempo en las calles que había pasado a ser un elemento más; había adquirido cierto mimetismo con su entorno. Era una especie de camaleón de un solo color; el color de la muerte. Su rueda delantera tropezó con una de sus botas, y entonces el joven oyó por primera vez el frágil gemido de aquel pobre hombre. Asustado y en tensión, dejó la bici a un lado y se acercó al manojo de ropa húmeda que se moría. Le palpó la frente sin que el otro pareciese darse cuenta de su presencia; sus ojos apenas abiertos daban vueltas erráticas. El sudor le empapó la mano y un escalofrío le recorrió el cuerpo: aquel hombre estaba gravemente enfermo. Fue entonces cuando le dijo: 'Voy a buscar ayuda. Le doy mi palabra'.

En ese momento Matthew se estremeció y recobró su cordura. Le agarró por el cuello de la camisa, y acercó la cara del joven a la suya, empapándole del aliento putrefacto de una vida que se muere. Con voz grave y rota, mirando a sus ojos le dijo: 'No quiero tu palabra muchacho. No. Esas cosas ya no tienen valor. Allá donde he ido he visto grandes hombres prometer grandes cosas; pero no eran grandes, ni tampoco lo eran sus palabras. El honor ha muerto, las palabras han perdido su significado. Demasiado se habla en estos días, y pocos saben lo que dicen. No me des tu palabra chiquillo, yo solo quiero que me salves la vida'. Tosió y convulsionó. Y el joven salió corriendo, pidiendo auxilio mientras Matthew se moría.

Murió aquella noche en el hospital, de la mano de ese joven, que lloró amargamente. Entonces no lo sabía, pero ese encuentro y aquellas palabras le acompañarían el resto de su vida.

sábado, 14 de febrero de 2015

Necedades

Cae la tierra sobre la tumba y la gente se marcha. 

Siempre supe que todos íbamos a morir, pero nunca imaginé que cada uno de nosotros, con nuestros nombres y apellidos, nos apagaríamos, pasando a formar parte de esas líneas torcidas que nunca serán escritas en el libro del olvido.

No es un día de lluvia. 'Por suerte los tópicos también mueren con el tiempo'. Hace sol, como el día en que me enteré de la noticia. Un sol suave, que acaricia a la vida a lo lejos; con la delicadeza con la que una madre acaricia a su hijo, la justa presión para que no se mezclen emociones. Porque el amor no es pasión, y el odio no es indiferencia. Las manos de una madre saben eso, el sol sin embargo, no sabe nada; pero la naturaleza es sabia sin serlo, y sus caricias son suaves.

Les he visto llorar a todos, pero yo no he llorado. Nunca hago las cosas a derechas. Ni siquiera sé llorar cuando se debe. He visto los trajes negros y no he podido evitar cuestionarme esa costumbre social absurda una vez más; en vez de dejarme cautivar por el respeto que intentaban transmitir.  El ataúd ostentoso, la corona de flores: 'tristemente algunos tópicos nunca mueren' eso fue lo que pensé.

Soy un necio. Nunca entendí nada. Nunca imaginé que tal vez detrás de esas costumbres aparentemente estúpidas se esconden verdaderos sentimientos que la mayoría de la gente no se atreve a manejar sola; que la cultura es el refugio de los cobardes y que los valientes somos unos locos inadaptados. 

Que por querer sentir 
despreciamos al que siente; 
que por querer vivir 
saltamos desde los puentes.

Ahora que al fin he muerto me siento vivo. Pero sigo llorando a destiempo, y ahora nunca sabré por qué.

domingo, 8 de febrero de 2015

Abrazos

[...]

Creo que lo ideal hubiera sido ir a verte; lo ideal sería haberte dado un abrazo. Creo que los abrazos son un buen invento, ¿qué sería de la amistad sin ellos? 

Y sin embargo, hoy ni siquiera he hecho un ademán disimulado, una mísera intención de romper mi rutina y pasar por tu casa para verte. Y, ¡qué mal! Pues poco a poco he comprendido que hay cosas en la vida (demasiadas) que dependen del valor que nosotros les demos. Y el cumpleaños de un amigo es una de esas. Pero, a pesar de mi dejadez imprudente, me he lanzado a escribirte; tratando de dar valor a lo que en el fondo sé valioso. Con la esperanza de, tal vez, alegrarte; darte esa paz que solo los silencios dan a la vida; sorprenderte.

Me gustaría darte un abrazo de esos que lo dejan todo dicho, aunque nunca dicen nada. Un abrazo de niño, que rodea con sus manitas apretando fuerte y que corona con la cabeza, apoyada en el otro. ¿No es eso la vida: el paso del tiempo en un abrazar más o menos fuerte a la existencia? No lo sé, probablemente no. Pero si así fuera, me gustaría darte un abrazo de esos. Un abrazo de los que tantas veces quiero dar y no me atrevo.

Pues no somos ya niños, y solo los niños son valientes de verdad. Por eso hay que esperar a fechas como la de hoy para decir esas palabras que ya no dicen ni los abrazos. Hemos relegado la amistad a pequeños momentos, y ni siquiera recordamos las fechas fijadas. Ni siquiera he pasado por tu casa a saludarte. Pero quería escribirte y pedirte perdón; quería agradecerte y abrazarte fuerte con esta humilde carta. Y me da la sensación de que no he sabido. 

Ya no esperamos esa clase de abrazos casi en ninguna ocasión, por eso tampoco sabemos darlos; hemos olvidado esas palabras. 

Y pese a todo aún queda en nosotros algo de ese niño y su valor. 

Quería agradecerte, en especial, no dejar que el niño muera. Gracias de verdad.

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