Mi ático lunar abandonado

domingo, 17 de febrero de 2013

En la biblioteca

El estudiante abatido se desplomó sobre sus libros. No había solución, no podía hacer nada. La gran biblioteca de su padre contemplaba el escena conmovida. Estanterías repletas de libros y libros de todas las épocas y temas, fruto de los esfuerzos del padre de aquel muchacho, y de su padre antes que él,  observaban impotentes la angustia del chico. Ese chico que se había maravillado con las historias de muchos de ellos, y había llegado a odiar a otros tantos se había rendido. Después de varios días preparando aquel examen había visto sus fuerzas superadas y se había rendido. Ahora dormía, inconsciente de las repercusiones del acto que acababa de hacer.
Sin previo aviso, un viejo libro del álgebra que el chico había usado unos años atrás gritó con la voz  propia del que tiene las hojas borrosas: "¡No seas imbécil, deja en paz al muchacho, ayúdale!. Se lo decía al libro que estaba bajo la cabeza del joven durmiente. Un silencio sepulcral, propio de la más ordinaria de las bibliotecas siguió a esa anciana queja ante la injusticia, sin embargo el aludido contestó al poco tiempo, cuando consiguió alejarse del muchacho, no debía despertarse. "Viejo, este chico no me comprende, no es mi culpa que mis conceptos sean más complejos que los que guardas en el interior de ese lomo gastado, soy de una naturaleza difícil de conocer, le hace falta más tiempo." La voz señorial y profunda de aquel abstracto y joven tomo dio paso a un debate en el que participaron todos los libros allí reunidos. Siendo la Biblia la encargada de moderar el mismo, se escuchó la opinión de un representante de cada género, desde los más niños que trataban sobre fantasías diversas que no tenían clara su opinión y hablaban con una voz dulce hasta el filósofo más sabio y desgastado, pasando por la pasión de algunas que abogaban en favor de que el chico dejase sus estudios y se dedicase a buscar al amor puro. 
A escasos minutos del alba, el debate aún no había acabado y el arrogante tomo seguía en sus trece, no podía hacerse más comprensible por un capricho de un chaval que no había estudiado suficiente. Sin embargo, habían apelado a sus sentimientos y, en su arrugado corazón de papel recordó cuando el chico lo había comprado, como lo había tratado, con verdadero cariño. Como lo había forrado para evitar daños, como se había valido de él para ligar con su compañera de mesa escribiendo en él notitas...Era su amigo y él le estaba fallando, lo había comprendido.Sabía exactamente que tenía que hacer, dio un golpe a la mesa para despertarle, haciendo que los demás libros volviesen a su silencio habitual y se dispuso a dar lo mejor de sí.


domingo, 27 de enero de 2013

No la dejes morir

'Ya se ha ido' pensé. El viaje entre gestos de cariño, abrazos forzados y palabras vacías que se pronuncian con toda la buena intención tras un suceso como aquel no hubieran mitigado el profundo dolor de mi ser, sin embargo, su completa ausencia era como una losa que apretaba mi pecho. Nadie decía nada, nadie había realmente, nadie en el cementerio, nadie lo notaba. Y pese a todo, yo lloraba.

Aunque tardaron en llegar, llegaron. Conforme el tiempo pasaba, fueran horas, quizás días, algún que otro venía, presentaba sus respetos, dejaba su pluma sobre la tumba y, dejándome llorar sin pausa, se marchaba.
Otros dejaban sus libros, nuevos, sin estrenar, que fueron apilándose uno sobre otro, alrededor del lugar donde mi amada descansaba.

Cuando ya no quedaba en mí una lágrima que darle, el sonido de una risa me despertó.
Perdido entre miles de libros, ente laberintos de historias olvidadas, luché por encontrar aquella risa. Y mi obstinada voluntad encontró a un niño fuera de aquellos muros de letras, jugando.
Tenía un palo en la mano y lo usaba como espada, una percha en la otra, y un parche de pirata en el ojo derecho. Y reía mientras jugaba...

Entonces comprendí que equivocado estaba yo. Yo y todos los demás que habían presentado sus respetos. Pues la creatividad, aunque parezca tal no muere, nunca muere. No mientras nosotros no queramos.

jueves, 3 de enero de 2013

En la cornisa

Me marea mirar hacia abajo. Siempre he tenido vértigo. No se si seré capaz de hacerlo después de todo. Pero es lo que merezco, no me queda otra. Confío de corazón en que no haya castigo eterno, a pesar de las leyendas, de los rumores, a pesar de la reputación que me he ganado, a pesar de que la gente que me conoce teme nombrarme, tengo miedo. Miedo como el que he causado, temor, un miedo tan extremo que me paraliza, un miedo que me hiela la sangre. 
Y sin embargo aquí estoy, a un paso de comprobar qué es cierto y qué falso del misterio de la muerte. La deuda que pagan todos los hombre. La deuda que he cobrado ya a tantos en mi historia. No tendría que haber sido así, pude elegir, y ahora, y ahora mi hija a muerto por mi culpa. 
Pensar en ella me enloquece completamente, ¿por qué? ¿por qué? ¿POR QUÉ? Mi voz se quiebra completamente y termina en un sollozo lastimero, caigo de rodillas y comienzo a temblar, debo de dar pena, por suerte no hay nadie para verme en esta azotea, al gran Connelly, asesino de asesinos, al rey de la calles. 
Las nubes han oscurecido la tarde y dentro de poco acompañarán a mi solitario sollozo con la lluvia. Tengo frío pero no me importa, ya no puedo sentir, no como antes, ella era mi corazón, si es que alguna vez tuve de eso. Los recuerdos me asaltan como dagas dispuestas a retorcerme aún más en mi dolor. 

miércoles, 2 de enero de 2013

Para las visitas

Te doy la bienvenida a mi ático lunar. Hacía mucho que no venía por aquí, así que siento mucho el caos de oscuridad que vas a encontrarte nada más cruzar el umbral. Está todo lleno de polvo y muy, muy desordenado, incluso para mí. No sé muy bien por qué habrás venido, pero ten claro que estás invitado/a. Las diversas estancias de mi ático están repletas de hojas y hojas desubiciadas con historias y versos que ansían ser leídos y llevados a término, sea éste bueno o malo. Espero que las historias que aquí leas y los poemas que descubras te apasionen tanto como a mi y te llenen lo suficiente para olvidar dónde estás, entre el caos de un lunático.