Mi ático lunar abandonado

domingo, 17 de marzo de 2013

Creadores y verdugos

Era horrible, encerrada como estaba, en ese pequeño cubículo andrajoso cerrado a cal y canto apenas si podía ya respirar. Y lo peor de todo es que aún recordaba el exterior. Y es que hubo un tiempo en que su captor estuvo orgulloso de ella y la mostraba con una sonrisa a sus amigos. Recordaba haberle visto hablar de ella durante días . Y era todo tan bello, tan bonito, había tantos colores allá fuera, tanta vida, tanta esperanza... 
Sin embargo, según fue pasando el tiempo se distanciaron. Ya no la prestaba tanta atención, y pese a sus esfuerzos por volver a su vida, cada vez que se acercaba a sorprenderle, él se enfadaba y decía que no podía hacerla caso, que tenía que hacer otras cosas. Había pasado a un segundo plano, había sido relegada, ya no era interesante, o peor, si lo era, pero no tenía tiempo para ella. A veces se preguntaba si también él sufriría. Si bien, poco a poco, ella dejó de insistir y los días dejaron de ser tan felices. 
Y de pronto,sin previo aviso, un día horrible apareció él muy enfadado, con los ojos rojos de frustración y la cara llena de lágrimas, y la cogió bruscamente y la encerró en ese horrible y pequeño lugar, y después tiró la llave y nunca intentó encontrarla. Sus gritos y llantos de nada sirvieron.
Y ahora ya moría, pues él la había olvidado. Era tan triste, nunca sería lo que podría haber sido, nunca se llevaría a cabo su cometido. No era más que una idea olvidada.

Bajo las nubes del tiempo

'Adoro la lluvia. Me hace sentir vivo' Lo dije de pronto,  como lanzando la frase al infinito, y a la vez a lo más profundo de mi ser. La calle, completamente oscura, recibía impasible una vez más, sin darse cuenta de la belleza de aquel momento al agua que ,más tarde, quedaría estancada en charcos por todo el barrio. Ese agua que todo lo lleva, que todo lo arrastra, el agua que, como el tiempo, erosiona y destruye lentamente todo lo bueno. Es un veneno de naturaleza lenta y de sabor dulce, tanto el del agua como el del tiempo. Conforme atraviesan nuestro ser nos empapan de momentos, nos refrescan, nos molestan, y al final, sin que nos demos cuenta de nada, la roca pasa a ser arena y el hombre polvo. 
Y allí estaba yo, mirando al cielo, desafiante, dispuesto a disfrutar. Había comprendido al fin lo que todos olvidamos, había recordado lo maravillosa que es la lluvia, lo divertido que es mojarse e incluso bailar bajo la tormenta. Los paraguas acaban con nuestra genialidad, nos vuelven torpes y cómodos, cabizbajos y aburridos. Y con ellos tantas cosas nos hacen olvidar todo lo bello, igualándonos ante las nubes. Definitivamente, la vida es un mar de tiempo en el que hay que calarse bien a fondo, sin paraguas ni abrigo, sin capucha ni capa, se trata de llevar lo necesario y nadar hacia el tesoro escondido empapado hasta los huesos.

domingo, 17 de febrero de 2013

En la biblioteca

El estudiante abatido se desplomó sobre sus libros. No había solución, no podía hacer nada. La gran biblioteca de su padre contemplaba el escena conmovida. Estanterías repletas de libros y libros de todas las épocas y temas, fruto de los esfuerzos del padre de aquel muchacho, y de su padre antes que él,  observaban impotentes la angustia del chico. Ese chico que se había maravillado con las historias de muchos de ellos, y había llegado a odiar a otros tantos se había rendido. Después de varios días preparando aquel examen había visto sus fuerzas superadas y se había rendido. Ahora dormía, inconsciente de las repercusiones del acto que acababa de hacer.
Sin previo aviso, un viejo libro del álgebra que el chico había usado unos años atrás gritó con la voz  propia del que tiene las hojas borrosas: "¡No seas imbécil, deja en paz al muchacho, ayúdale!. Se lo decía al libro que estaba bajo la cabeza del joven durmiente. Un silencio sepulcral, propio de la más ordinaria de las bibliotecas siguió a esa anciana queja ante la injusticia, sin embargo el aludido contestó al poco tiempo, cuando consiguió alejarse del muchacho, no debía despertarse. "Viejo, este chico no me comprende, no es mi culpa que mis conceptos sean más complejos que los que guardas en el interior de ese lomo gastado, soy de una naturaleza difícil de conocer, le hace falta más tiempo." La voz señorial y profunda de aquel abstracto y joven tomo dio paso a un debate en el que participaron todos los libros allí reunidos. Siendo la Biblia la encargada de moderar el mismo, se escuchó la opinión de un representante de cada género, desde los más niños que trataban sobre fantasías diversas que no tenían clara su opinión y hablaban con una voz dulce hasta el filósofo más sabio y desgastado, pasando por la pasión de algunas que abogaban en favor de que el chico dejase sus estudios y se dedicase a buscar al amor puro. 
A escasos minutos del alba, el debate aún no había acabado y el arrogante tomo seguía en sus trece, no podía hacerse más comprensible por un capricho de un chaval que no había estudiado suficiente. Sin embargo, habían apelado a sus sentimientos y, en su arrugado corazón de papel recordó cuando el chico lo había comprado, como lo había tratado, con verdadero cariño. Como lo había forrado para evitar daños, como se había valido de él para ligar con su compañera de mesa escribiendo en él notitas...Era su amigo y él le estaba fallando, lo había comprendido.Sabía exactamente que tenía que hacer, dio un golpe a la mesa para despertarle, haciendo que los demás libros volviesen a su silencio habitual y se dispuso a dar lo mejor de sí.


domingo, 27 de enero de 2013

No la dejes morir

'Ya se ha ido' pensé. El viaje entre gestos de cariño, abrazos forzados y palabras vacías que se pronuncian con toda la buena intención tras un suceso como aquel no hubieran mitigado el profundo dolor de mi ser, sin embargo, su completa ausencia era como una losa que apretaba mi pecho. Nadie decía nada, nadie había realmente, nadie en el cementerio, nadie lo notaba. Y pese a todo, yo lloraba.

Aunque tardaron en llegar, llegaron. Conforme el tiempo pasaba, fueran horas, quizás días, algún que otro venía, presentaba sus respetos, dejaba su pluma sobre la tumba y, dejándome llorar sin pausa, se marchaba.
Otros dejaban sus libros, nuevos, sin estrenar, que fueron apilándose uno sobre otro, alrededor del lugar donde mi amada descansaba.

Cuando ya no quedaba en mí una lágrima que darle, el sonido de una risa me despertó.
Perdido entre miles de libros, ente laberintos de historias olvidadas, luché por encontrar aquella risa. Y mi obstinada voluntad encontró a un niño fuera de aquellos muros de letras, jugando.
Tenía un palo en la mano y lo usaba como espada, una percha en la otra, y un parche de pirata en el ojo derecho. Y reía mientras jugaba...

Entonces comprendí que equivocado estaba yo. Yo y todos los demás que habían presentado sus respetos. Pues la creatividad, aunque parezca tal no muere, nunca muere. No mientras nosotros no queramos.