Mi ático lunar abandonado: octubre 2013

miércoles, 30 de octubre de 2013

El regalo inmerecido

Se alzaba orgulloso entre la desordenada habitación. Mostrándose tal cual era, alegrando a su dueño cada mañana. Era hermoso. Un regalo de los mejores, para él, completamente inmerecido. Eso era arte, arte regalada, una carta de admiración escrita a pincel. Un obsequio de un amigo, un pedazo de su alma plasmado en aquel lienzo. 

Aquella carta de admiración y agradecimiento tan única constaba de dos elementos principales, y de varios meses de trabajo. El primero, un pergamino en blanco, impaciente, dispuesto a transformarse en una hoja más de aquel mediocre intento de escritor para el que había sido creado. A su lado, orgullosa, una pluma en su tintero, descansando, esperando el tacto de los dedos adecuados, como aquella espada que esperó a las manos oportunas para salir de su roca, esperando para hacer historia, para crear historias. Goteaba en esa tinta tanta poesía, tanta magia, tantas obras inacabadas, tantos quebraderos de cabeza, tantos escritos desechados...

El cuadro era una provocación diaria para su dueño, un recordatorio, una palmada cariñosa, una llamada de atención...Y todo él estaba plasmado con la esencia del pintor, con su personalidad, desde el marco hasta la firma. Un hombre que valoraba a un escritor novel, que tenía esperanzas en que continuara su obra, que creía en su amigo.

Me gustaría poder decir que aquel pintor tenía razón al confiar en la perseverancia del joven, pero esa historia aún no está escrita. Aunque, pensándolo bien, teniendo pluma y papel ¿qué más se necesita?


Gracias

domingo, 6 de octubre de 2013

Atentos a la realidad

Es una estación de tren. Hay mucha gente: algunos van en parejas o en grupos más grandes, más o menos contentos; otros van solos, con la única compañía de una lista de reproducción. Cada uno protagonista de su historia, más o menos decidido en su camino, más o menos atento a su vida... El sol entra por la cristalera del techo iluminando una fuente decorativa en que las tortugas viven una ilusión de libertad. Los trenes vienen y van, y así también la gente.

Todo se mueve, cientos de historias viajando en cientos de direcciones distintas, esperando con sonrisas, despidiendo con lágrimas en los ojos, jóvenes que empiezan un camino, hombres que regresan a casa. Cada uno pendiente de su vida, sin reparar casi en la gran estación, en el bullicio, y en lo que ella acontece.

Y sin embargo al verte, todos se detienen. Y yo te miro desde la escalera, veo tus ojos y tu sonrisa me muestra la felicidad. Cuando nuestros ojos se encuentran empezamos a correr. Bajo los escalones de dos en dos, me abro paso entre la gente que se ha quedado quieta. Todos pendientes de nuestro encuentro. Las conversaciones han parado, la música es nuestra risa, reflejo de nuestra alegría. Un lugar abarrotado de gente contemplando una escena digna de verse. Todos quietos, en silencio, expectantes, compartiendo nuestro momento.

Al llegar a tu lado te abrazo con fuerza, con felicidad y con amor. Y damos vueltas, perdidos en ese abrazo, o más bien encontrados al fin, con el alma radiante y los ojos llorosos. Entonces, tras el largo abrazo vuelves a mirarme y ya no veo nada más que tus ojos, y nada más quiero ver. Te miro y me miras, no sé muy bien durante cuánto tiempo, tal vez lo que dura un sueño.

Un sueño del que no despierto ni siquiera con los aplausos y vítores con que nos brindan todos los allí presentes: ejecutivos,  ancianos, estudiantes, familias, niños, trabajadores...Todos felices, compartiendo nuestra felicidad, atentos a la realidad. No, nada me despierta de este sueño que es real, el sueño de mi vida, el ansiado despertar.