Mi ático lunar abandonado: mayo 2014

sábado, 10 de mayo de 2014

La fuerza de una lágrima

¡Cuidado!
¡Ya no hay remedio! 
¡Apártense! 
¡Sálvese quién pueda!

Varios millones de cientos de miles de seres contuvieron el aliento. Pero eso no sirvió para nada.

Todo había sido inútil. 

Era difícil que hubieran ganado aquella batalla. Es difícil ganar cuando luchas contra la Omnipotencia. No es imposible al contrario de lo que la lógica diría, sobre todo, si la ilógica, con sus contradicciones más logradas (especialmente orgullosa de su círculo cuadrado) comanda uno de los batallones más poderosos jamás soñados de tu ejército. Sin duda fue un espectáculo digno de verse: bolas de fuego heladas que surcaban el claro cielo de color intermitente; piedras demasiado pesadas para su propio Creador cayendo del cielo sobre las hordas enemigas; pájaros topo, que vuelan bajo tierra dejando surcos en las nubes de algodón... A la vez bello y feo, lógico e incomprensible.

Pero claro, no es fácil ganar cuando luchas contra la Omnipotencia.

Hay momentos en los que crees que todo saldrá bien, pequeños instantes en los que los enemigos desaparecen y la risa de un niño feliz hace florecer, en un instante, este bello mundo. En esos momentos, la Omnipotencia está de tu parte: el combate está a la vez igualado y desigualado. ¿Quién puede más: quién todo lo puede o él mismo? No sé la respuesta, pero de nuevo, el espectáculo está asegurado. Los ejércitos de uno y otro bando aparecían y desaparecían de manera intermitente. Eran vencidos y vencían. Luchaban y se rendían. Era un constante caos y orden simultáneo. Pero, aunque la Omnipotencia se cansara de estar de tu lado y tu ejército empezara a desaparecer como una sombra al llegar la noche, la Omnipotencia podía cambiar de opinión. Siempre podías convencerle de que volviera a combatir demonios dominados por la lógica y empapados de realidad concreta. Siempre podías convencerle con una buena canción de despedida. 

O al menos eso creían.

Varios millones de cientos de miles de seres contuvieron el aliento. Pero eso no sirvió para nada.

Todo había sido inútil. 

La Omnipotencia eligió bando, y sus lágrimas ahogaron la libertad de sus sueños. Los demonios vencieron, ¿o tal vez fueron derrotados?

martes, 6 de mayo de 2014

Historias de amistad

-¡Corre! Ahora no miran- Me dice Martín  al oído entre todo el ruido de la galería. Yo estoy bastante asustado, siempre es emocionante saltarse las normas pero si nos pillan nos castigarán, y a mí no me han castigado nunca. Bueno, excepto esa profe de Gimnasia que sustituyó a Alejandro, pero, es que era muy rara.

-¿Y qué pasa con Jose?-pregunto.

-Jose come en casa, no está aquí. ¿Vamos ya o qué?

Cojo aire y digo: ‘Vamos.’

Nos abrimos paso entre los demás niños y llegamos a la salida de la galería. Ana, la cuidadora, acaba de entrar en el baño con una niña que se había caído y tiene las rodillas raspadas. Pasamos tan rápido que no nos ve nadie. Una vez en la salida miramos a ambos lados asomando la cabeza para ver si pasa alguna monja. ¡Despejado!

Entrar en el edificio durante el recreo estaba prohibido. Pero aquel día descubrimos que era fantástico. Martín y yo recorrimos pasillos vacíos y helados con el 'babi' de los mejores agentes secretos de la historia, viviendo una aventura a cada paso que dábamos. Cada vez que oíamos a alguien nos escondíamos en algún aula hasta que se alejaban lo bastante para que no pudiésemos oír sus pasos, conteniendo la risa y el aliento. Nos agachábamos al pasar por delante de las puertas de los despachos y sorteábamos a las monjas más mayores con alguna mentirijilla.

A veces lo hacíamos sin motivo, otras veces, para cumplir alguna misión como ir a baños más limpios o recuperar algún objeto olvidado. Recuerdo esos días con especial cariño. La vida era emocionante, sonase el timbre o no.