Mi ático lunar abandonado: febrero 2015

sábado, 28 de febrero de 2015

III

Pobre de aquel que sienta 
como yo siento,
que ame como yo amo.

Sufrirá como yo sufro
y llorará como yo hago.

Pobre de aquel que viva
como yo quiero;
que muera sin un descanso.

Su entusiasta corazón
sangra un poco a cada paso.

Pobre de aquel que, como yo busco,
busque;
¡pobre necio esperanzado!

Que por querer vivir más
muera joven, 
desdichado.

viernes, 27 de febrero de 2015

Temblores

El sitio era caro, pero acogedor; tenía toques de pub irlandés, como esos que salen en las series de televisión que nos ayudan a pasar los tiempos muertos con alguna risa enlatada. Pero eso no era suficiente para hacernos olvidar que seguíamos en una calle perdida de Madrid en un bar desconocido y bastante caro; y es que Madrid nunca sale en esa clase de series.

Por aquel entonces yo no bebía, así que gasté más de tres euros en un refresco azucarado, sin gas por supuesto, que no sació mi sed; claro que, por otra parte, tampoco esperaba que lo hiciese. A veces los refrescos sólo están para darnos algo que hacer cuando la conversación decae, como si con ese sorbo diésemos una explicación al hecho de que nadie hable, tranquilizando al pequeño neurótico que todos llevamos dentro. Nuestra generación nunca ha aprendido a convivir con el silencio.

Miradas que no dicen nada, abrazos que se desvanecen. Un amigo lo pasa mal y no sabes cómo ayudarle.  No buscamos en los ojos del otro porque tenemos miedo a vernos a nosotros mismos; decimos que no tenemos máscaras, pero lo que no tenemos es rostro. No somos más que fantasmas histéricos que tiemblan cuando se apaga la risa.

La magia estuvo bien: varios efectos que no conocía y que me dejaron con la boca abierta, algunos chistes graciosos, otros menos afortunados, momentos dulces, momentos insípidos... Yo estaba allí con mis amigos, siempre cerca, siempre lejos; me cayó muy bien el segundo artista, me dio la sensación de que teníamos mucho en común.

Fuera hacía frío y volver a casa me resultó agotador. Tardé en dormirme, tardé en despertar. 

Estamos perdidos y cada vez más solos. Esta mañana no encontraba el móvil en casa y, en el bus, no he tenido más remedio que mirar a mi alrededor. He visto muchos de esos que se llaman adultos, sus vidas están llenas de risas enlatadas, y normalmente tienen un guión pésimo. Luego he encontrado el móvil, resulta que estaba en otro bolsillo; lo he encendido y he dejado de temblar.

lunes, 23 de febrero de 2015

II

'Que se olviden las horas que nunca midieron nada,
la vida es perder el aliento en cada mirada'


He descubierto que en realidad, la vida es corta y escasa. 

No dura más que el tiempo en que tardan mis labios en olvidarse de los tuyos. 
Es tan efímera como una sonrisa sincera;
tan escasa como esa sensación que me embriaga y no comprendo 
cada vez que te quedas dormida en mis brazos. 

Es el dibujo en el agua que nos dice que algo ha pasado, 
que ya no está y que pronto no habrá dejado huella.

La vida es mirarse a los ojos en una carcajada. 

Un abrazo innecesario, 
un choque de puños amistoso. 

La vida no dura más que lo que tardamos en olvidar un sueño. 
Es lo que se siente al contar un cuento, 
o al cantar una canción. 

Esos versos que conmueven y que solo se dicen una vez; 
el rasgueo guitarra que nos hace vibrar.

La vida es sentir el lazo musical que a todos nos une, cuando, 
en un momento inesperado, se tensa y nos acerca
deshilachando las barreras,
despertando las emociones.

La vida es un instante entre todas esas horas,
que sucede sin buscarlo, 
como los besos robados.
 
La vida es ese cosquilleo, 
ese silencio eterno que apenas dura un suspiro.

Es olvidar respirar cada vez que intentamos aprender a hacerlo.

Es nacer al despertar y olvidarse de la muerte.


 

domingo, 15 de febrero de 2015

'Le doy mi palabra'

Eso fue lo que dijo el joven a ese vagabundo moribundo, de tez oscura y barba larga y sucia. Se habían encontrado por casualidad, como suceden las mejores cosas en la vida; ese tipo de casualidad que no existe en las novelas. Él iba con su bici, de camino a casa, volvía con el pan recién hecho en la cesta y una sonrisa propia de la gente feliz, una sonrisa que echas de menos cuando no está; y como siempre, tomó un atajo por entre las calles del puerto. Eran cerca de las dos y el hambre le acompañaba desde primera hora de la mañana. De hecho, ya había dado buena cuenta del pan que llevaba a su pequeña casa cuando se topó con el viejo Matthew, encogido como un ovillo feo y lloroso.

Fue al entrar en el estrecho paso entre la Calle del Báltico y el Viejo Mercado. Era el tramo más oscuro de su camino, olía a orina y a pescado podrido; es decir, olía más que el resto del barrio. El Puerto era la zona más pobre de la ciudad, y también la más peligrosa. Pero no nos equivoquemos, no es que fuese peligrosa por la pobreza; si no que lo era más bien por la desesperanza. El aroma del miedo y la angustia que alimentaba los pulmones de sus habitantes, esa era la causa del peligro.

Primero no reparó en él, Matthew llevaba tanto tiempo en las calles que había pasado a ser un elemento más; había adquirido cierto mimetismo con su entorno. Era una especie de camaleón de un solo color; el color de la muerte. Su rueda delantera tropezó con una de sus botas, y entonces el joven oyó por primera vez el frágil gemido de aquel pobre hombre. Asustado y en tensión, dejó la bici a un lado y se acercó al manojo de ropa húmeda que se moría. Le palpó la frente sin que el otro pareciese darse cuenta de su presencia; sus ojos apenas abiertos daban vueltas erráticas. El sudor le empapó la mano y un escalofrío le recorrió el cuerpo: aquel hombre estaba gravemente enfermo. Fue entonces cuando le dijo: 'Voy a buscar ayuda. Le doy mi palabra'.

En ese momento Matthew se estremeció y recobró su cordura. Le agarró por el cuello de la camisa, y acercó la cara del joven a la suya, empapándole del aliento putrefacto de una vida que se muere. Con voz grave y rota, mirando a sus ojos le dijo: 'No quiero tu palabra muchacho. No. Esas cosas ya no tienen valor. Allá donde he ido he visto grandes hombres prometer grandes cosas; pero no eran grandes, ni tampoco lo eran sus palabras. El honor ha muerto, las palabras han perdido su significado. Demasiado se habla en estos días, y pocos saben lo que dicen. No me des tu palabra chiquillo, yo solo quiero que me salves la vida'. Tosió y convulsionó. Y el joven salió corriendo, pidiendo auxilio mientras Matthew se moría.

Murió aquella noche en el hospital, de la mano de ese joven, que lloró amargamente. Entonces no lo sabía, pero ese encuentro y aquellas palabras le acompañarían el resto de su vida.

sábado, 14 de febrero de 2015

Necedades

Cae la tierra sobre la tumba y la gente se marcha. 

Siempre supe que todos íbamos a morir, pero nunca imaginé que cada uno de nosotros, con nuestros nombres y apellidos, nos apagaríamos, pasando a formar parte de esas líneas torcidas que nunca serán escritas en el libro del olvido.

No es un día de lluvia. 'Por suerte los tópicos también mueren con el tiempo'. Hace sol, como el día en que me enteré de la noticia. Un sol suave, que acaricia a la vida a lo lejos; con la delicadeza con la que una madre acaricia a su hijo, la justa presión para que no se mezclen emociones. Porque el amor no es pasión, y el odio no es indiferencia. Las manos de una madre saben eso, el sol sin embargo, no sabe nada; pero la naturaleza es sabia sin serlo, y sus caricias son suaves.

Les he visto llorar a todos, pero yo no he llorado. Nunca hago las cosas a derechas. Ni siquiera sé llorar cuando se debe. He visto los trajes negros y no he podido evitar cuestionarme esa costumbre social absurda una vez más; en vez de dejarme cautivar por el respeto que intentaban transmitir.  El ataúd ostentoso, la corona de flores: 'tristemente algunos tópicos nunca mueren' eso fue lo que pensé.

Soy un necio. Nunca entendí nada. Nunca imaginé que tal vez detrás de esas costumbres aparentemente estúpidas se esconden verdaderos sentimientos que la mayoría de la gente no se atreve a manejar sola; que la cultura es el refugio de los cobardes y que los valientes somos unos locos inadaptados. 

Que por querer sentir 
despreciamos al que siente; 
que por querer vivir 
saltamos desde los puentes.

Ahora que al fin he muerto me siento vivo. Pero sigo llorando a destiempo, y ahora nunca sabré por qué.

domingo, 8 de febrero de 2015

Abrazos

[...]

Creo que lo ideal hubiera sido ir a verte; lo ideal sería haberte dado un abrazo. Creo que los abrazos son un buen invento, ¿qué sería de la amistad sin ellos? 

Y sin embargo, hoy ni siquiera he hecho un ademán disimulado, una mísera intención de romper mi rutina y pasar por tu casa para verte. Y, ¡qué mal! Pues poco a poco he comprendido que hay cosas en la vida (demasiadas) que dependen del valor que nosotros les demos. Y el cumpleaños de un amigo es una de esas. Pero, a pesar de mi dejadez imprudente, me he lanzado a escribirte; tratando de dar valor a lo que en el fondo sé valioso. Con la esperanza de, tal vez, alegrarte; darte esa paz que solo los silencios dan a la vida; sorprenderte.

Me gustaría darte un abrazo de esos que lo dejan todo dicho, aunque nunca dicen nada. Un abrazo de niño, que rodea con sus manitas apretando fuerte y que corona con la cabeza, apoyada en el otro. ¿No es eso la vida: el paso del tiempo en un abrazar más o menos fuerte a la existencia? No lo sé, probablemente no. Pero si así fuera, me gustaría darte un abrazo de esos. Un abrazo de los que tantas veces quiero dar y no me atrevo.

Pues no somos ya niños, y solo los niños son valientes de verdad. Por eso hay que esperar a fechas como la de hoy para decir esas palabras que ya no dicen ni los abrazos. Hemos relegado la amistad a pequeños momentos, y ni siquiera recordamos las fechas fijadas. Ni siquiera he pasado por tu casa a saludarte. Pero quería escribirte y pedirte perdón; quería agradecerte y abrazarte fuerte con esta humilde carta. Y me da la sensación de que no he sabido. 

Ya no esperamos esa clase de abrazos casi en ninguna ocasión, por eso tampoco sabemos darlos; hemos olvidado esas palabras. 

Y pese a todo aún queda en nosotros algo de ese niño y su valor. 

Quería agradecerte, en especial, no dejar que el niño muera. Gracias de verdad.

 [...] 

jueves, 5 de febrero de 2015

Tormenta en la ciudad

Una gota cae atravesando el cielo y muere en la calle. El chico y la chica bailan felices bajo la lluvia, como dicta el protocolo. No hay originalidad en las tormentas del amor moderno.

Él se ríe, y dice que la ama. Ella se sonroja y da una vuelta, y otra, y otra más. Después se para en sus brazos.

Un hombre pide con la cabeza gacha en la salida del metro. Quiere algo para comer, y también algo para vino. No tardará en levantarse e irse a su refugio. La gente casi nunca le ve, y menos cuando llueve.

Una gota cae y muere bajo esas nubes grises. Ya no es solo una, repiquetean a millares sobre el suelo,  en un esfuerzo vano por limpiar la contaminación que empapa el aire y acidifica su inocencia.

Los paraguas de colores adornan la acera, parece que se destiñen con el agua que cae. Los colores nunca brillan como deberían. No en la ciudad, no ante los ojos nublados. Una multitud de colores que no se mezcla, solo avanza; avanza sin saber, sin buscar, sin preguntarse.

Un rayo ilumina la ventana del cuarto del pequeño. Asustado por el trueno llora y llama a su madre. No está en casa; una cuidadora extranjera es quien le coge en brazos. Sus padres están trabajando para que tenga un futuro; el mismo futuro que él regalará a sus hijos. No es amor, es costumbre. No es seguridad es miedo.

Bailan juntos bajo la lluvia y ríen. Él dice que la ama; pero no es verdad, sólo que aún no lo sabe. Está en ese asombro que no deja ver la lluvia. Sueña un arcoiris sin saber que no está hecho si no de sombras de colores. Colores que tampoco son sino reflejos.

Una gota cae atravesando el cielo; una tras otra. La tormenta pasa sin causar estragos. Las vidas se rompen sin ser estrenadas.

domingo, 1 de febrero de 2015

Cada noche

Hace frío en las calles de Madrid, aunque podría hacer más. Es un frío de guantes, bufanda y abrigo bien abrochado. No es un frío de camiseta térmica, al menos para la mayoría. Es un frío que apenas notamos. Esa clase de frío que para nosotros se acaba con un chocolate caliente, una molesta sensación que nunca pasa el umbral de casa. Hace frío, pero nosotros apenas nos damos cuenta.

-¿Cuántos hacemos esta noche?
-No sé, ¿veinte? La última vez sobraron, pero nunca se sabe.
-¿Y ropa tenemos?
-Sí, algo hay. En la bolsa grande, en la entrada; creo que hay al menos un par de abrigos viejos, y también tenemos un saco de dormir.
-Bueno, algo tenemos.
-Sí, algo tenemos.

Recorren las calles de la ciudad, lo hacen sin hacer ruido, sin colgarse medallas. Son grupos pequeños, de gente de verdad. Tal vez su labor no sea cambiar las cosas, pero no esperan que nadie más lo haga. Caminan juntos, cada noche, acompañados por sus pasos, en busca del calor.  
Acuden puntualmente a su cita, cada semana. Su labor es ver a los que nadie ve, ver a aquellos que incluso dejaron de verse a sí mismos. Llevan bocatas, caldo caliente, una pieza de fruta y algo de ropa. Pero más que eso se llevan ellos, a conocer las caras del frío, a compartirlo, a dar calor,  a avivar el fuego.

La cálida mirada derrite el hielo de las lágrimas de una tristeza que nadie merece; la conversación, la compañía. Un par de chistes, algún silencio incómodo, preocuparse por una tos que no tiene buena pinta, un abrazo que te llena de pulgas. Así combaten el frío. Cara a cara, corazón a corazón. Saben que no cambian nada, saben que lo cambian todo.

Hace frío en las calles de Madrid, aunque podría hacer más.