Mi ático lunar abandonado: enero 2015

miércoles, 28 de enero de 2015

I

Es extraño escribir poesía sin mancharme las manos,
no hay sitio para el romanticismo en nuestro tiempo.

Las viejas historias ya nunca se hacen leyendas
mueren sin coger polvo
sin ser apenas escuchadas.

Despierta el corazón valiente
la mañana en que descubre para qué nació.

Ve a la amada por primera vez

la mira y nada cambia,
descubre que nunca el tiempo se detuvo por amor

Es bella, ¿cómo no?
Dulce e inocente,
melodía de la risa más pura

Espíritu que vuela,
canto de sirena

Ningún verso cobarde le hará jamás justicia.
Me detengo y pruebo suerte.

Espero que mis besos si lo hagan.

domingo, 25 de enero de 2015

Una casa con chimenea

Algunos libros decoraban las estanterías de la sala. Eran de esos tomos grandes y bonitos que protegen las viejas historias y los antiguos saberes, y que casi nadie lee. Aunque según me dijeron, el padre a veces los ojeaba cuando subía allí; al lado de la chimenea. Era raro encontrar una casa con chimenea en aquel tiempo, y en esa casa sabían aprovecharla. También una de las hijas solía subir allí, a ver bailar al fuego, y así, acurrucada, leía o estudiaba, o a veces solo pensaba, debajo de una manta. Muchas veces vi cómo utilizaban las llamas para fundir nubes de chuche y prepararlas con chocolate y galletas. 

Y es que la verdad, íbamos mucho por allí. Eran todos unos perfectos anfitriones, no te podías sentir incómodo en aquella casa. Aquel día seríamos unos diez. Recuerdo el frío de fuera, y aquel atasco interminable. Recuerdo que estaba agotado. Todos estábamos un poco cansados; pero yo había tenido un día especialmente largo. Ahora pienso en ese día y sonrío; veo las caras de mis amigos y al cumpleañero apagando las velas de mi tarta favorita.

Sin saber muy bien por qué, supongo de lo cansado que estaba, esa noche no paré de hablar. Intenté, como tantas otras veces, contar una historia; pero estaba tan cansado que no se me ocurría nada bueno, así que conté un poco de lo que me había pasado ese fin de semana. Pero, ¡estaba tan contento! ¡Tan feliz en ese rinconcito! rodeado de gente buena; y especialmente de estar hablando y riendo con esas dos personitas... Tenía que merecer la pena. Tenía que improvisar un poco. Si no al final, la vida es un rollo.